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  • Alexis Sazo

¡Ni cerca!



Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven. (Romanos 14:9)


Un francés de 33 años de edad fue clavado en una cruz en los jardines de un lujoso hotel en República Dominicana, para «contribuir a la salvación y la paz entre la humanidad». Él quería permanecer colgado allí durante 3 días, pero a las 24 horas fue obligado a desistir de su plan. Incluso antes de eso, tuvieron que colocar la cruz en el suelo, en posición horizontal para aliviar su sufrimiento. Fue obvio para todos que el hombre no pudo continuar soportando la severa prueba que se autoimpuso.


El fracaso del «sacrificio» de aquel hombre, contrasta grandemente con la singular obra expiatoria que el Señor Jesús consumó en la cruz cuando «vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). Como el Cordero de Dios humanado, el Señor Jesús, tomó nuestro lugar como el sustituto perfecto y así ofrecerse a sí mismo como sacrificio por los pecados «una vez y para siempre» (Hebreos 10:10).


Un día como hoy (domingo), el Señor Jesús se levantó de entre los muertos. A lo largo de la historia muchos han proclamado ser el Mesías, y seguramente muchos otros lo intentarán, pero ninguno ha vuelto a la vida, solo nuestro Señor lo ha hecho, ¿con qué fin? Su Palabra nos los explica claramente:


Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (1 Corintios 15:20–22)


No importa cuánto intenten algunos tratar de imitarlo, el ser humano pecador jamás podrá igualar la perfección del Señor Jesús y de su obra en la Cruz. Así que, demos gloria a nuestro Dios en este día, haciendo memoria de nuestro Salvador, Jesús, «el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Hebreos 12:2).


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