• Alexis Sazo

Modelo y poder



Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. (Efesios 5:1)


El pianista Paderewski (1860-1941) se encontraba en Londres para dar un concierto. Joseph Parker, quien era pastor y un excelente músico, asistió a una de las funciones de este célebre pianista. El ministro se impresionó tanto con el talento que vio en aquel hombre que al llegar a casa hizo una cosa extraña. Se paró junto a su piano y dijo a su esposa: «¡Tráeme un hacha! Porque hoy escuché a un gran músico por primera vez; comparado con él, lo que yo hago no es nada. Tengo ganas de hacer pedazos mi piano». El pastor Parker no lo hizo, no obstante, se dio cuenta de que nunca podría ser como el señor Paderewski aun si le imitara cada día. Literalmente necesitaría las manos, el talento y, por qué no, el alma de aquel gran músico.


En el versículo del encabezado tenemos un mandamiento divino: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados», pero ¿podemos imitar a Dios? Porque, por ejemplo, el Señor Jesús nos dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48). ¿Podemos cumplir con las expectativas de Dios? Lo cierto es que como seguidores de Cristo sabemos que no podemos hacer las cosas como Él las hizo, tal como pasaba con el pastor y el pianista. Esto quizás nos pueda desanimar, nos den ganas de renunciar e incluso caer en la desesperación. Sin embargo, el estándar que Dios nos impone es tan alto que lo único que nos queda es pedir su ayuda y confiar en Él para poder hacer su voluntad.


La obediencia a Dios implica dependencia de Él, implica reconocer que no podemos, que jamás podremos, para que de esta forma podamos depender más y más, pues Él es quien nos da el poder de obedecer. Dice su Palabra: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder [énfasis añadido], de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:7). Recibimos poder de Dios para obedecer, porque Cristo vive en nosotros. El apóstol Pablo decía: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20–21).


Sí, Cristo es nuestro modelo, pero gracias a Dios, también es nuestro poder para poder hacer su voluntad. Así que, hermanos, aprendamos a confiar más en Dios, a depender cada día más de Él, abandonando nuestras fuerzas y esfuerzos, porque solo le necesitamos a Él.


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