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  • Alexis Sazo

Miedo a la muerte



Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. (Salmos 23:4)


A la larga la muerte nos llega a todos. Sin embargo, para el cristiano, la oscura puerta de la muerte ha verse solo como una sombra. Por muy temible que parezca la muerte, del otro lado está la brillante puerta que nos conduce a la vida, a las moradas de Dios, es decir, ¡a la eternidad con Cristo! Los creyentes podemos decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Corintios 15:55).


Para graficar la muerte de los creyentes, el escritor William H. Ridgeway recuerda que cuando era muchacho, él y sus amigos recogían frutas. Después de llenar sus canastas, esperaban junto a unos rieles de tren que había cerca. Cuando el sol se ocultaba en el oeste, venía un tren y «les pasaba por encima». Claro que no les pasaba por encima de verdad, sino que era solo la sombra que les pasaba por encima.


Y allí se sentaban a esperar a que el tren «les pasara por encima», sabiendo que no había peligro. Cuando el tren pasaba sobre ellos, estaban bajo su sombra durante unos momentos y luego esa sombra se iba. El sol poniente los bañaba de una luz dorada mientras ellos caminaban hacia el acogedor calor del hogar. Esta es una muy buena ilustración, puesto que para aquellos que hemos depositado nuestra fe en el Señor Jesús, la muerte es como una sombra que nos pasa por encima, pero que no puede dañarnos. Esto es así porque «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él» (Romanos 6:9). Y claramente se nos dice que destruyó «por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14–15).


Por lo tanto, los creyentes, no tenemos que temer a la fría sombra de la muerte, porque el Señor está con nosotros, y porque tenemos un hogar con Él que nos espera justo después (2 Corintios 5:1–8). ¡Bendito sea nuestro Salvador!


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