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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Midiendo el éxito



No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. (3 Juan 4)


Un hermano tenía dos hijos, ambos creyentes, al igual que él y su esposa. Un día se encontró con un hermano de la iglesia y le preguntó: ¿Cómo están sus hijos, hermano? El hermano contestó: ¡Gracias a Dios, muy bien! Mi hijo mayor es médico, trabaja en un prestigioso hospital y es el jefe de «x» unidad; la verdad es que le va muy bien, hace poco compró una propiedad en cierta ciudad, en una zona exclusiva. Mi hija es arquitecta, también le está yendo muy bien. Ya tiene su propia firma con oficinas en el centro de la ciudad. Y hace poco se fue de viaje por Europa a hacer negocios. Me siento muy bendecido, porque mis hijos son muy exitosos y Dios los bendice mucho.


Padres cristianos, ¿es así cómo miden el éxito de sus hijos? ¿Ver que sus hijos prosperan económicamente les hace sentir orgullosos? Pero qué pasaría si un hijo suyo fuera pobre, porque nunca obtuvo una profesión, vive con lo justo, sin embargo, predica en todo lugar, y gracias a ello ha llevado a muchos a los pies de Cristo, además es un pilar en su iglesia local, ¿consideraría esto un hijo exitoso?


En el versículo del encabezado, vemos al apóstol Juan gozándose de que uno de sus hijos anda en los caminos del Señor, ya que en el versículo 3 de esta misma carta de Juan, dice: «Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad». El apóstol se sentía gozoso si alguno de sus hijos era fiel a su Señor, si tenía buen testimonio.


Mis hermanos, con esto no estoy diciendo que no deban alegrarse porque a su hijo(a) le va bien en lo económico, pero ese no debería ser su principal fuente de sentirse orgulloso, porque eso sería medir las vidas de sus hijos bajo los mismos parámetros que el mundo. Recordemos que este mismo apóstol dice en su primera carta: «Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:16–17).


Padres cristianos, que la fuente de su gozo sea ver a sus hijos prosperando en los caminos del Señor, cuando le sirven de corazón y lo tienen como lo más importante de sus vidas y no porque les está yendo bien en lo profesional y en lo económico.


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