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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Los que rescatan



Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6)


Imaginemos que estamos explorando una caverna, y nos pasamos interminables horas en ella, adentrándonos más y más en la oscuridad de lo desconocido. Los que están fuera, al ver que no salimos, entienden que estamos perdidos, así que envían a alguien a rescatarnos. En eso escuchamos la voz de quien vino a buscarnos. El rescatista nos saluda diciendo: «Sígueme, yo conozco la salida». Frente a aquella frase, respondemos: «¿Cómo puedes decir que solo existe una salida? Debe haber otras más». Quien nos vino a rescatar, replica: «Yo conozco esta cueva, la he explorado, así que debes ir por el camino que te digo o nunca vas a salir de aquí». A lo que contestamos: «Tienes una mentalidad muy estrecha. Sigue tu camino, yo me las arreglo solo».


Este ejemplo suena absolutamente tonto, no obstante, es la manera en que muchas personas reaccionan cuando les presentamos el evangelio de salvación y les explicamos que existe un solo camino para ir al cielo, el cual es por medio de la fe en Cristo Jesús. Lo que uno esperaría que dijeran, sería algo como: «¡Muchas gracias por las buenas noticias!» Pero lo cierto es que, por lo general, recibimos una reacción similar a la del ejemplo de más arriba: «¡Déjame tranquilo! Yo no creo en eso de que hay únicamente un camino».


Cuando pensamos en un rescatista, como norma general, nos damos cuenta de que es alguien que ama, se preocupa y arriesga su bienestar por el de los demás. El Señor Jesús, al venir a rescatarnos y, a través de su ejemplo, nos mostró la forma en cómo nosotros, creyentes en Cristo, debemos actuar: Yendo a buscar a los perdidos. Y a pesar de que las personas no reciban nuestros intentos de mostrarles el camino de salvación, esto no debe desmotivarnos, ni impedir que lo sigamos haciendo, porque no es con base en la respuesta que recibamos que decidimos si seguir o no, sino por el mandamiento que nos dejó el Señor, el cual es llamado: «La gran comisión».


Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. (Marcos 16:15–16)


No nos desanimemos cuando somos rechazados, sino propongamos en nuestros corazones obedecer a nuestro Señor sin importar la respuesta que nos den las personas inconversas.

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