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  • Alexis Sazo

Los escarnios de la cruz



Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía. (Salmos 22:7–8)

El Señor Jesús estaba clavado en la cruz, y los que asistían a este «espectáculo» se burlaban de Él sin miramientos. Pero el Señor Jesús no solo confiaba en Dios, sino que Él era el Hijo de Dios, pues sus obras así lo demostraban. Es más, Dios mismo declaró dos veces que hallaba complacencia en Él (Mateo 3:17; 17:5). Aunque sus enemigos lo sabían, nunca lo quisieron reconocer. Por eso se ensañaron burlándose de Él, diciendo: «Líbrele… si le quiere» (Mateo 27:43). A pesar de sus hechos, ellos se mofaban del Señor. Seguramente ellos pensaban: ¿No respondería Dios inmediatamente a este reto? ¿Dejaría suponer Dios que no quería a su amado Hijo?

Pero el Señor permaneció colgado en la cruz. Ninguna voz se hizo oír desde el cielo esta vez. Y, por tanto, las burlas continuaban. Luego la oscuridad cubrió la tierra durante tres horas, y el Señor Jesús clamó a gran voz, diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1; Mateo 27:46; Marcos 15:34). A pesar del abandono, Él seguía siendo su Dios, a quien no dejó de amar, incluso durante esas terribles horas.

Este fue el precio que el Dios de amor pagó para ofrecer la salvación a sus criaturas culpables y rebeldes contra Él. En esas horas tenebrosas, el Señor cargó con nuestros pecados. El Dios santo lo hirió, lo abandonó, pero solo así puede perdonar a todos los que creen en Él. ¿Acaso no merece toda nuestra adoración?


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