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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Lo eterno y lo perecedero



Puesto que ustedes ya han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Pongan la mira en las cosas del cielo, y no en las de la tierra. Porque ustedes ya han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. (Colosenses 3:1–3 RVC)


Hermanos, si hemos abrazado la fe en Cristo Jesús, sabemos por su Palabra que Él descendió del cielo para venir a buscar lo que se había perdido. Desde la caída del hombre en Edén, no podíamos comunicarnos con el Señor debido a que nuestros pecados nos separaban de Dios (Isaías 59:2), puesto que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Por eso dice este hermoso texto de colosenses que hemos sido resucitados con Cristo.


Pablo nos dice que como consecuencia de haber resucitado con Cristo, debemos concentrarnos en las cosas celestiales y no en las terrenales, puesto que lo terrenal nos lleva a una vida separada de Dios, ya que la vida que ofrece el mundo nada tiene de Dios (1 Juan 2:16). Vemos cómo la gente se afana en ser importante y tener mucho dinero sin importarle de dónde venga o cómo venga. Pero su Palabra nos dice: Porque raíz de todos los males es el amor al dinero (1 Timoteo 6:10). Y el Señor nos dijo: Nadie puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o estimará a uno y menospreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24 RVC).


Entonces, ¿estamos enfocados en lo que Dios nos enseña o en lo que el mundo nos enseña? ¿Buscamos hacer su voluntad o acaso nuestra voluntad sobrepasa a la de Dios? Hermanos, le costamos la vida al Hijo de Dios, quien es la vida misma (Juan 14:6), por lo tanto, somos hijos caros. Y como nos dice el apóstol Pablo:


¿No se dan cuenta de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos, porque Dios los compró a un alto precio. Por lo tanto, honren a Dios con su cuerpo. (1 Corintios 6:19–20 NTV)


Así que, hermanos, dejemos de mirar, desear y vivir para las cosas de este mundo y concentrémonos únicamente en las cosas celestiales, pongamos nuestras miradas en los cielos y centrémonos en lo eterno, y no en lo perecedero.

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