• Alexis Sazo

Llamado a la santidad



En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. (Eclesiastés 9:8)


En los bosques del norte de Europa y en Asia vive un animalito llamado armiño, conocido por su pelaje que es blanco como la nieve durante el invierno. Dicho animalito protege instintivamente su pelaje blanco contra cualquier cosa que pueda mancharlo.


Los cazadores de pieles se aprovechaban de este hecho. Para poder darle caza no le tendían una trampa con un cebo, sino que averiguaban dónde vivía, que habitualmente era en la hendidura de una roca o en el agujero de algún árbol. Entonces, para capturarlo lo que hacían era ensuciar la entrada de su madriguera. Una vez que lo hacían soltaban a los perros para que le dieran caza. El pobre animalito huía a su madriguera, pero al llegar a ella veía que estaba toda sucia, razón por la cual no entraba, para evitar ensuciar su blanco pelaje. Prefería ser atrapada por los perros y morir para así preservar su pureza. Para el armiño, la pureza de su pelaje era más preciosa que su propia vida.


En su Palabra se nos dice: «según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él» (Efesios 1:4). Uno de los propósitos por los que fuimos salvados es para ser santos y sin manchas delante de Dios. De ahí su mandamiento: «sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:15–17). La pregunta es ¿nos recordamos a menudo de nuestro elevado y santo propósito de vida?


Ciertamente aquel animalito nos deja una gran lección a todos los creyentes, quienes debemos mantener nuestra santidad a toda costa, aun a costa de nuestra propia vida. Tomemos el peso del llamamiento divino y vivamos vidas que le sean agradables a aquel que nos llamó con llamamiento santo (2 Timoteo 1:9).

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