• Alexis Sazo

Las tres horas de la expiación



Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27.46 RVR60)


El versículo del encabezado evoca una escena de una solemnidad incomparable. Está limitada en el tiempo: tres horas, punto central de la eternidad. Allí ocurrió algo que nunca se había visto: el justo, el único justo, fue castigado por Dios siendo Él inocente de toda culpa. Conocemos la razón de ello, pero no podemos medir la intensidad del dolor que el Señor Jesús expresó en aquellas palabras, porque Dios le entregó al castigo por el pecado siendo Él santo y justo; y Él se dio a sí mismo voluntariamente para así conseguir la salvación del alma de sus criaturas, esto es, los seres humanos.


La razón de esto es muy sencilla, Cristo Jesús murió en la cruz del Calvario como un vil pecador para que los seres humanos pecadores ni tuviéramos que ir a la condenación eterna, y para darnos entrada en su reino celestial; pero para ello necesitaba expiar nuestros pecados. Porque Dios exigía un sacrificio expiatorio según su justicia y su santidad.


Únicamente Cristo en su perfección podía satisfacer todas las exigencias divinas, tomando nuestros pecados sobre Él y pagándolos como si Él los hubiese cometido. Por eso Dios lo envió, y el Señor Jesús aceptó ser ese sacrificio agradable a Dios, para así glorificar a Dios mismo y a la vez, como ya mencioné, salvar a sus criaturas cargadas de pecados. Bien dijo Él: «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10.10 RVR60).


Durante aquellas tres horas de desamparo, colgando en la cruz, Jesús glorificaba a Dios de la manera más excelente. En esas tres horas, el sol se escondió sumiendo a la tierra en tinieblas. Una hermosa forma de ver esto, es pensar que lo que el Señor Jesús estaba haciendo en la cruz era demasiado solemne, por lo tanto, debía escapar de las miradas de los hombres.


Este fue el precio pagado por nuestra salvación. Pero ¿podemos acaso agregar alguna cosa al inigualable sacrificio de Cristo? Lo cierto es que no, pues es un sacrificio perfecto, ya que el Señor Jesús exclamó: «Consumado es» (Juan 19.30), esto significa que no queda nada más por hacer, pues Él lo hizo todo. Si usted no ha creído en el Señor Jesús y no le ha reconocido como el Salvador de su vida, le invito a que vaya a Cristo ahora mismo, reconozca que es pecador, pídale que perdone sus pecados y le dé de su salvación, la cual es gratuita.


Y a los que ya hemos sido hechos sus hijos, lo único que podemos hacer es adorarle desde lo más profundo de nuestros corazones; porque su Palabra nos dice:


Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia. (Salmos 118.29 RVR60)


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