• Alexis Sazo

Las lecciones del grano de trigo



 

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. (Juan 12:24–25)

 

En la Biblia, el grano de trigo nos habla en primer lugar de la Palabra de Dios sembrada en nuestras vidas (Mateo 13). Podemos escucharla y creer que esta Palabra traerá fruto y transformará nuestras vidas. Pero, por desdicha, también podemos rehusarla, descuidarla y ahogarla; entonces, en el día del juicio, ella nos condenará (Juan 12:48).


Además, el grano de trigo es imagen de la vida cristiana. Como el trigo, nuestras vidas pasan por inviernos: una prueba, aparentemente un punto muerto. Pero, durante el invierno, cuando el frío impide que la vegetación crezca demasiado rápido, del grano de trigo salen brotes horizontales que producen nuevas plantas. Asimismo, para nosotros, estos períodos difíciles son, en la mano de Dios, un medio que nos prepara para llevar más fruto.


No obstante, la imagen más hermosa del grano de trigo, ciertamente nos habla del amor de Dios por sus criaturas, ya que el grano de trigo representa al Señor Jesús mismo, el cual dijo: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13); y el Señor no solo puso su vida por sus amigos, sino que también lo hizo por sus enemigos; muriendo en la cruz, soportando todo el castigo que nuestros pecados merecían.


Y la verdad es que Él hubiera podido permanecer solo en su perfección, por así decirlo, solo en sus «graneros celestiales»; ¡pero no lo hizo! Ya que al igual que el grano de trigo sembrado en la tierra debe morir y desaparecer para producir numerosas espigas; el Señor Jesús escogió poner su vida y morir por sus criaturas para así llevar consigo numerosos redimidos a la casa de su Padre celestial.


Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)


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