• Alexis Sazo

La venganza y el perdón



Jehová, Dios de las venganzas, Dios de las venganzas, muéstrate. Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los soberbios. (Salmos 94:1–2)


Durante siglos, los clanes albaneses eran conocidos por sus sangrientas luchas familiares. Consideraban cobardía no vengar la muerte de uno de los suyos. A veces, la venganza generaba una reacción en cadena que dejaba entre 25 a 30 personas muertas antes de que terminara.


Esta sangrienta tradición continuó hasta 1990, cuando un grupo de pacificadores resolvió una gran cantidad de esos conflictos entre clanes. ¿Por qué fue esto? Porque la gente encontró algo que deseaban más que la venganza; querían pasar a formar parte de la comunidad europea, y además unirse para defenderse de un enemigo en común.


¿Podemos nosotros como creyentes actuar de una manera similar a estas personas? ¡Absolutamente no! Porque Dios dice claramente en su Palabra: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» (Romanos 12:19). Por lo tanto, para con los de fuera, bajo ningún punto de vista podemos tomar venganza, tal como leemos en los versículos del encabezado. Y para con nuestros hermanos, mucho menos. Pues el llamamiento de Dios es claro: «Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? Pero vosotros cometéis el agravio, y defraudáis, y esto a los hermanos» (1 Corintios 6:7–8).


Es cierto que dentro de todo grupo humano eventualmente habrán conflictos y la iglesia no es la excepción; sin embargo, la Palabra de Dios es clara que lo que debe primar es el amor hacia nuestros hermanos como rasgo característico (Juan 13:35), «porque el amor cubrirá multitud de pecados» (1 Pedro 4:8). Además de esto, como creyentes somos llamados a soportarnos y a perdonarnos: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros» (Colosenses 3:12–13).


Así que, hermanos, tengamos nuestros corazones siempre dispuestos a perdonar de la manera que hemos sido perdonados por Cristo, para que ninguna raíz de amargura crezca en nuestros corazones (Hebreos 12:15), y Dios Padre nos perdone cuando pecamos (Mateo 6:14–15).


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