• Alexis Sazo

La respuesta de Dios a la soledad



He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. (Mateo 1:23)


La mayoría de nosotros ha experimentado la soledad de una forma u otra a lo largo de nuestras vidas. La soledad no se manifiesta únicamente cuando estamos aislados de otras personas, ya que podemos sentirla aun estando rodeados de personas. Un creyente escribió: «Recuerdo la profunda soledad que sentí el primer día que pasé en la milicia cuando tenía que escuchar malas palabras y un lenguaje sucio casi constantemente».


Las personas que tienen algún tipo de impedimento físico han dicho que su mayor dolor es la soledad. Del mismo modo se sienten aquellos niños cuyos padres los han descuidado mientras iban creciendo. También pasa con las personas que han perdido a un cónyuge. Y qué decir de los miembros de alguna minoría quienes son excluidos, por ejemplo, de actividades sociales.


Si queremos ser verdaderos imitadores de nuestro Salvador (Efesios 5:1), debemos acercarnos a todas las personas que puedan sentirse solas y que estén a nuestro alrededor. Aunque nunca debemos olvidar que no podemos comprender y conocer a cabalidad su dolor, esto solo lo puede hacer Dios, quien conoce los corazones del ser humano (Jeremías 17:9). Sin embargo, nuestra presencia puede ser útil; no obstante, nunca debemos olvidar que nosotros nunca seremos suficiente. Es únicamente Dios quien puede satisfacer las necesidades del que se siente solo. Dice Dios en su Palabra: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).


Hablar de Jesús con quien se siente solo son buenas nuevas, ya que en Cristo podemos hallar consuelo; además, Él se ha revelado como «Emanuel», que significa: «Dios con nosotros». Por eso dijo antes de ascender a los cielos: «... he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén» (Mateo 28:20). Algunos podrían llegar a pensar que es una «gran promesa», sin embargo, esa no es solo una promesa, sino que es ¡toda una realidad! Porque para cualquier alma que se siente en soledad, Emanuel es la cura para dicho mal.


Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá. (Salmos 27:10)


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