• Alexis Sazo

La paz que sobrepasa todo entendimiento



Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (Filipenses 4:6–7)


El rey Herodes acababa de dar órdenes para matar al apóstol Jacobo por la sencilla razón de que era cristiano (ver Hechos 12:1–19). Al ver que la multitud apreciaba esta clase de espectáculo, y para hacerse aún más popular, Herodes decidió también apresar al apóstol Pedro. Se proponía ejecutarlo también, pero debido a que estaban celebrando en Israel la fiesta de los panes sin levadura (esta duraba 7 días), pospuso su ejecución, la cual pretendía hacerla como una especie de espectáculo para el pueblo.


Este perverso hombre mandó encarcelar al apóstol Pedro como si fuese un asesino de alta peligrosidad, ya que lo dejó custodiado por cuatro soldados. El apóstol sabía lo que le esperaba: sufrimientos y muerte dolorosa. Habría podido estar ansioso y lleno de nervios, viviendo sus últimos momentos en angustia. La noche antes de su ejecución se nos dice que Pedro dormía tranquilamente, ¿por qué? Porque confiaba en Dios, quien le proveía de paz. Si debía sufrir como mártir, sabía que el Señor le sostendría y le daría las fuerzas necesarias para glorificarlo. Probablemente en aquella noche recordó las palabras del Señor Jesús: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27).


Estas mismas palabras de nuestro Señor son extensibles también a nosotros. Porque si nos damos cuenta, el Señor no se llevó la paz consigo al cielo, sino que la dejó aquí en la tierra para que los suyos podamos echar mano de ella. Por esto es que el apóstol Pablo decía con tanta certeza las palabras del versículo del encabezado: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».


La paz divina está al alcance de todo creyente. Quizás usted, hermano(a), está atravesando un momento de aflicción, de peligro o de dolor y es aquí donde su Señor nos dice: «echa mano de la paz que dejé para ti». Si esto hacemos, sin importar las circunstancias, estaremos en paz.


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