• Alexis Sazo

La oración



Me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica. Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia. (Salmo 66:19-20)

La oración no es la repetición de frases aprendidas de memoria, que nos darían cierto mérito a los ojos de Dios (Mateo 6:7). Tampoco es un medio «mágico» para pasar los exámenes, triunfar en los negocios o tener una garantía contra todo riesgo. Ni mucho menos es una especie de escapatoria para los débiles que tratan de huir, o para los que no saben asumir sus responsabilidades. Del mismo modo, la oración no debe ser el último recurso cuando todos los demás fracasan, o en caso de dificultad mayor.

Entonces, ¿qué es la oración? Podríamos decir que la oración es una conversación entre dos personas, esto es, entre un ser humano y Dios. En palabras simples es hablar con Dios, tal como lo hace un niño con su padre o madre. Hablar con Dios debe ser así de natural en los creyentes. Cuando oramos, debemos abrir nuestro corazón a Dios, exponiéndole nuestras preocupaciones, tristezas y alegrías, también nuestros proyectos. Pero un aspecto de la oración que no debemos olvidar nunca es la adoración, porque el Señor nos dijo: «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Juan 4:23–24). Y del mismo modo, tampoco debemos olvidar de darle gracias, pues tenemos mucho que agradecerle.

Orar es tener la seguridad de que Dios nos escucha, de que nos responderá y nos dará lo que es bueno para quienes se dirigen a Él. Bien dice su Palabra: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3).

La oración es una pieza fundamental de nuestras vidas como creyentes, porque sin Dios nada podemos hacer (Juan 15:5). Sin embargo, no podemos solamente orar sin leer la Biblia. Es como me decía un hermano el otro día: Orar y leer la Biblia son como remos, si usamos solo uno de esos remos estaremos dando vuelta en el agua y nuestro barco nunca avanzará, debemos remar usando los dos remos. Así que, hermanos, debemos orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17), pero también debemos acompañar la oración con la Palabra de Dios.


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