• Alexis Sazo

La grandeza de Dios



Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades, y los lugares secretos del sur; Él hace cosas grandes e incomprensibles, y maravillosas, sin número. (Job 9:9–10)


Hoy en día, para explorar el universo, los astrónomos disponen de telescopios en órbita. Estas maravillas de la tecnología nos permiten franquear la ligera opacidad de la atmósfera que deforma la radiación luminosa, y ganar un paso más a la «frontera» visible del universo.


A medida que el ser humano observa el cosmos con instrumentos cada vez más sofisticados, siente vértigo ante esas fabulosas dimensiones. Cuando sabemos que solo nuestra galaxia —la vía láctea— estaría compuesta por más de 200 mil millones de estrellas, ¿cómo no sentirse asombrados ante la grandeza del Dios creador?


Cuando leemos: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (Hebreos 11:3); ¿qué es el hombre en un universo tan grande? Únicamente visto desde un punto de vista físico, no somos más que criaturas insignificantes. Sin embargo, conforme a las Escrituras, constituimos el sistema más complejo de la creación, así como también su coronamiento, tal como dice su Palabra: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 1:26).


Un científico decía: «En cierto modo, el universo sabía que el hombre iba a venir. Desde su origen es como si estuviese programado para recibir a un ser inteligente». Conforme leemos en la Biblia, todo lo creado no fue hecho para el ser humano, sino para el Señor Jesús:


Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. (Colosenses 1:16)


Si bien Dios puso al hombre en un lugar privilegiado, lo cierto es que «los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1). La creación nos habla de Dios, sin importar por donde la miremos (Romanos 1:20), ya que su grandeza queda en completa evidencia al ver la obra de sus manos.


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