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  • Foto del escritorAlexis Sazo

La fidelidad de Dios



Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Señor, actúa por amor de tu nombre; porque nuestras rebeliones se han multiplicado, contra ti hemos pecado. (Jeremías 14:7)


(Ver 1 Samuel 30:1–7). David, futuro rey de Israel, cometió un grave error aliándose con los enemigos de su pueblo, los filisteos. Cuando por fin volvió a la ciudad donde moraba —la cual nunca debió haber dejado— encontró un desastre: la ciudad había sido saqueada, las mujeres y los niños habían sido llevados cautivos, y sus soldados hablaban de apedrearlo. Fue un momento muy sombrío en la vida de este hombre de fe. Nos dice su Palabra que «David se angustió mucho», no obstante, también se nos dice en el relato: «Mas David se fortaleció en el Señor su Dios» (1 Samuel 30:6). Frente a dicha adversidad, David recapacitó, su fe reapareció y Dios le respondió concediéndole una victoria completa, puesto que recuperó todo: las mujeres, los niños e incluso los bienes.


En esta circunstancia, David podría haberse desesperado y haber dicho: «Estoy recibiendo lo que merezco». Aunque lo cierto es que era culpable de todo lo que había ocurrido y verdaderamente estaba pagando la consecuencia de su desobediencia a Dios. Sin embargo, ¿aún podía esperar el socorro divino? Conforme leemos en el pasaje bíblico, justamente en el día de mayor angustia, David tuvo una urgente necesidad de Dios, de «su Dios», al cual clamó fervientemente, y no fue decepcionado.


Mis hermanos, a menudo, debemos sufrir las consecuencias de nuestros errores, porque bien dice su Palabra: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gálatas 6:7–8). Pero no podemos olvidar que Satanás siempre aprovecha esas ocasiones para llevarnos a la desesperación y al desánimo, sin embargo, debemos resistir a esos pensamientos sombríos; ¿cuál es la solución? Volvernos a Dios con fe —tal como lo hizo David—, ya que Él nunca nos rechazará. ¡Él es el Dios de perdón, de esperanza, el Dios de toda gracia!

Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal. (2 Tesalonicenses 3:3)

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