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  • Alexis Sazo

La familia del creyente



Dijo luego el Señor a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación. (Génesis 7:1)


Es la voluntad de Dios que toda la familia del creyente sea igualmente salva. Así toda la familia de Noé tenía su lugar en el arca, porque su padre era justo y obedecía a Dios. Sin embargo, cada uno de los hijos debía aceptar entrar en el arca. A la orden de Dios, estas personas buscaron refugio en el arca, y «fueron salvadas por agua» (1 Pedro 3:20), mientras los habitantes de todo el mundo de la época sufrieron el juicio debido a su mala conducta. Pero ¿qué hubiera sucedido a los hijos de Noé si, por desobediencia o indiferencia, hubieran permanecido fuera del arca que debía salvarlos del castigo de Dios? Habrían perecido como los demás.

Aún hoy, Dios quiere que en la familia cristiana todos compartan la bendición de los padres. Siglos después de Noé, el apóstol Pablo dijo al carcelero de la prisión de Filipos: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hechos 16:31). La Palabra del Señor fue predicada a todos. Todos estaban felices de haber creído en Dios. En aquella familia cada uno comprendió y aceptó la gracia de Dios que perdona y salva.

Dios solamente tiene hijos, no tienes nietos, sobrinos ni nada parecido; por ejemplo, tener padres cristianos es una gracia inmensa, pero esto no salva. Por lo tanto, ningún familiar de creyentes puede ser salvo por el hecho de tener una relación familiar con nosotros. La salvación es personal, nadie puede dar aquel pasó por uno. Pero al igual que con el arca de Noé, un día la puerta del cielo se cerrará y nadie más podrá entrar. Es su propia responsabilidad creer. El Señor le está llamando, no se quede fuera.


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