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  • Foto del escritorAlexis Sazo

La escuela de Dios



Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. (Salmo 32:8)


El Señor Jesús, dijo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). Básicamente, nos dio el mandamiento de asistir cada día a su escuela y aprender de su ejemplo. Puede que hayamos tenido algún profesor que marcó nuestras vidas de manera positiva, sin embargo, su Palabra dice: «¿Qué enseñador semejante a él?» (Job 36:22), ¿por qué? Porque nadie se puede comparar a Dios como enseñador. En otras palabras, tenemos a nuestra disposición al mejor de los maestros que pudiésemos haber deseado jamás. Pero ¿vamos a clases cada día?


Día tras día, leyendo su Palabra, podemos descubrir no solo lo que somos o nuestra ignorancia, sino que además aprendemos a conocerlo a Él en su gloria, misericordia, justicia, amor, su dulzura, su paciencia, etc. Él nos enseña sus verdades, pero además desea que las pongamos en práctica, pues dice: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis» (Juan 13:17).


Por ejemplo, es posible que hoy debamos superar un examen de paciencia. Poco importa el problema que se nos presente o el medio que el Señor emplee para ello. Quizá sea un contacto con una persona que tiene un carácter difícil, un niño inquieto o una serie de pequeñas contrariedades. Pero si no estamos lo suficientemente preparados mediante la oración y la simple confianza en Dios, ni siquiera nos daremos cuenta de que se trata de un examen. Solo veremos las circunstancias adversas y no la mano divina y sabia que desea hacernos experimentar sus liberaciones.


Mis hermanos, no olvidemos nunca que nuestro Dios es fiel, porque es Él es quien mide la dificultad de la prueba, pero al mismo tiempo nos da la fuerza para sobrellevarla. Y Él sabe a la perfección cuándo hemos aprendido la lección (1 Corintios 10:13).


Algo que debemos entender es que una razón por la cual somos dejados en la tierra, es porque está en la escuela de Dios. Al momento de creer no somos hechos perfectos, sino que vamos siendo perfeccionados en la medida que avanzamos en la carrera espiritual. No obstante, debemos estar dispuestos a asistir a la escuela de Dios cada día, con un corazón dispuesto a aprender cada lección que el maestro quiera darnos.


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