• Alexis Sazo

La culpa es de…



¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. (Isaías 49:15)


En tiempos del Joram, el pueblo de Israel había abandonado a Dios y sus mandamientos. Entonces, Dios permitió una hambruna anunciada previamente por el profeta Eliseo, tal como Él le mandó hacer.


En la ciudad de Samaria, el rey (hijo de Acab, un rey injusto y asesino) se enteró de las condiciones atroces en las que morían algunos niños a raíz de aquella hambruna enviada por Dios. Inmediatamente ese rey rasgó sus vestiduras en señal de indignación. ¿Cuál fue su conclusión? La culpa era del profeta Eliseo (2 Reyes 6:24–33), en vez de mirar su vida y darse cuenta que Dios estaba mandando aquello como un llamado de atención para que se volvieran a Él.


Hoy en día, cuando pensamos en el sufrimiento de los niños, por ejemplo, de los niños en Ucrania, ¿a quién acusamos inmediatamente? ¡A Dios! Los seres humanos, en vez de conmoverse y meditar que nuestra propia maldad daña a los inocentes, decidimos culpar a Dios, ya que –según nosotros– «a Él no le importa en lo más mínimo el sufrimiento de ellos».


Acusamos a Dios, nos rebelamos contra Él, nos atrevemos a ponernos por sobre Él como jueces dignos de dictar sentencia. Le acusamos de que a pesar de ver nuestro sufrimiento, sencillamente calla, porque es indiferente, insensible y duro. Es cierto que Dios permite el sufrimiento en nuestras vidas, pero lo hace con un propósito. Su Palabra dice:


¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová; levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos; nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú no perdonaste. (Lamentaciones 3:37–42)


No, Dios no es indiferente a nuestros sufrimientos. Aquel que puso el amor maternal en el corazón de una madre, ¿será duro e insensible? Tenemos que entender que sus caminos no son nuestros caminos, pues sus caminos son mucho más altos (Isaías 55:8–9) y todo lo hace para que reaccionemos y atendamos su voz. Para que escuchemos que hace miles de años está llamando a sus criaturas al arrepentimiento de sus pecados, pues nos ofrece salvación gratuita de nuestras almas.


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