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  • Foto del escritorAlexis Sazo

La Biblia, el espejo perfecto




Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. (Romanos 7:21–23)


En el tiempo de Mario (emperador romano Marco Aurelio Mario, más conocido como Mario), el perseguidor, llegó uno de sus agentes a la casa de una mujer cristiana que había ocultado a uno de los siervos de Cristo, y le preguntó: 

—¿En dónde está ese hereje? 

—Abra aquella petaca y verá usted al hereje, —dijo a mujer cristiana.

El perseguidor abrió la petaca y sobre la ropa vio un espejo. 

—¡No hay aquí ningún hereje! —respondió encolerizado. 

—Ah —le dijo ella—, ¡observe usted el espejo y verá allí al hereje!


Hay una alabanza que habla sobre la Biblia y que cantamos con los niños en la escuela dominical, en una de sus líneas dice: «… espada de dos filos, espejo mi mal haber…». Esa puede ser que sea una de las cualidades más increíbles de la Biblia, me refiero a que ser el espejo más exacto que existe. 


Si hemos nacido de nuevo, bien sabemos que no podemos ocultarnos frente a la luz de Dios, esta saca a relucir todo lo malo, bien lo dice su Palabra: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas» (Juan 3:19–21).


Del mismo modo en cómo cada día nos miramos en un espejo, probablemente en el baño, para ver que estamos presentables antes de salir de casa, cada creyente necesita mirarse en la Palabra de Dios cada día, sí, ¡cuán necesario es vernos en ella! Porque la Biblia nos muestra nuestra verdadera imagen, no la que nosotros deseamos tener o la que mostramos al mundo, sino que Dios nos muestra lo que realmente somos.


Mis hermanos, si somos de la luz, no podemos aborrecer venir a ella, ya que se nos dice: «Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios» (Juan 3:21). Permitamos que su Palabra nos muestre dónde estamos fallando, para así poder acudir a Dios buscando su ayuda y dirección.

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