• Alexis Sazo

La atracción de los salmos



 

¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. (Salmos 42:11)

 

En todo tiempo, los creyentes a lo largo de la historia, hemos hallado gozo, ánimo y consuelo leyendo los salmos. Pero no siempre se conocen las circunstancias en las cuales fueron escritos y, a veces, ni siquiera podemos saber quienes fueron sus autores. A menudo, tampoco es fácil captar el su alcance profético cuando se refieren a acontecimientos futuros o a profecías parcialmente cumplidas. Si deseamos aplicar sus términos a nuestras circunstancias, debemos ser muy prudentes. Por ejemplo, no podemos clamar venganza de nuestros enemigos, ya que el Señor Jesús nos manda a amarlos y a orar por ellos (Mateo 5:44).


Entonces, ¿cómo y de qué forma nos hablan los salmos al corazón de los que somos creyentes hoy en día? Primero, nos permiten compartir las relaciones de sus autores con su Dios, especialmente cuando atravesaron períodos de crisis. Lo segundo, es que podemos comparar sus experiencias con las nuestras y ser conformados al comprobar que Dios los liberó de sus angustias interiores y los consoló, y del mismo modo lo puede hacer con nosotros.


Hablando con propiedad, la Biblia no es necesariamente «una regla de vida para el cristiano», me refiero a que es únicamente una recopilación de prescripciones de cómo hemos de vivir los hijos de Dios. No, la Palabra de Dios es muchísimo más que eso, porque es cierto que nos da directrices de cómo vivir; no obstante, ella nos revela a Dios, para que así podamos tener una relación íntima y de confianza con el Creador del cielo y la tierra.


Sin embargo, usted y yo, amado(a) hermano(a), tenemos el privilegio de llamar a Dios Padre, al Hijo como Señor, y al Espíritu Santo como nuestro guía y consolador. Este privilegio que gozamos todos los creyentes en Cristo no lo tenían los hombres de fe que compusieron los salmos; pero aun así, Dios les usó para escribir salmos como:


Yo en ti confío, oh Señor; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos. (Salmos 31:14–15)


Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. (Salmos 23:1–3)


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