• Alexis Sazo

Jesús en el lugar supremo



Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:1–3)


En los versículos citados arriba, se nos presenta el resumen de la obra del Señor Jesús:


Hizo el universo: Sin Él nada de lo que existe habría salido a la luz, así nos lo dice su Palabra: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él» (Colosenses 1:16). Es por eso que nos llenamos de admiración cuando entendemos algo de esa creación, aunque sea una parte infinitamente pequeña, en su increíble complejidad y precisión.


Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo: El Señor Jesús tomó forma de hombre para venir a este mundo y ser «el verbo de Dios» (Juan 1:1). Lo hizo con el fin de tomar el castigo por nuestros pecados y así librar a la humanidad de la ira de Dios y de una condenación eterna.


Se sentó a la diestra de la majestad en las alturas: Tal como leemos en su Palabra, esto ocurrió como consecuencia de esa obra perfectamente cumplida: «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2:9). Claro que ya poseía la gloria como Hijo de Dios, gloria que como Él dijo: «tuve antes de que el mundo fuese» (Juan 17:5). A esta gloria se suma la que Él adquirió como hombre perfecto que llevó a cabo la purificación de nuestros pecados.


El inicio de la epístola a los Hebreos nos da la más alta idea del honor que el Señor Jesús tiene, así como el contentamiento pleno de Dios Padre en su Hijo y en su obra perfecta. Por esta razón –y tantas otras– nuestro Señor es digno de ser alabado.


Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. (Apocalipsis 15:3)


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