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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Incluirlo cada día



Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. (Salmos 1:1–2)


Se dice que en una batalla que dirigía el Duque de Wellington, una parte de su ejército estaba cediendo ante el enemigo, cuando de pronto un soldado vio al Duque entre sus propios combatientes, y el soldado gritó con voz estentórea y jubilosa: ¡Aquí está el Duque! ¡Dios lo bendiga! Y el mismo soldado, dirigiendo la palabra a uno de sus compañeros, le gritó a este: ¡Más me gusta ver la cara del Duque, que a toda una brigada! Los demás soldados, al oír todo esto, volvieron sus rostros hacia el lugar donde estaba el Duque de Wellington: al verlo se reanimaron, recobraron la serenidad y el valor, y decían: ¡El que nunca ha sido derrotado ni lo será está con nosotros! Y pronto derrotaron al enemigo.


Cada creyente tiene una alternativa todos los días: incluir a Dios en su vida mediante la oración y el tiempo que pasa en su Palabra, o caminar solo. Lo primero, en última instancia, produce paz, en tanto que lo segundo, nos trae ansiedad y nos hace vulnerables. Y así como en la ilustración de hoy, cuando el duque se unió a la batalla, pudieron vencer a sus enemigos, del mismo modo pasa con nosotros, cuando incluimos a Dios en nuestro día, sea lo que sea que pase, podremos vencer.


Al meditar profundamente en la Palabra de Dios —analizándola, considerándola a cabalidad y pidiéndole a Dios que nos permita comprenderla—, nuestro patrón de pensamiento es transformado en el proceso. Mientras que al orar, aprendemos a depender más de Dios y menos de nosotros, puesto que vamos comprendiendo —por medio del Espíritu Santo— que separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5).


Por tanto, hermanos, tomemos una decisión hoy: incluyamos al Señor en nuestras vidas todos los días, caminemos junto a Él al meditar en su Palabra y buscarle en oración. No seamos tan osados —o tan necios— de pensar que nos va a ir bien si afrontamos nuestras vidas sin incluir a Dios. 

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