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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Imitando al modelo




Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos. (Juan 8:31)


Desde hace 2000 años la enseñanza de la Biblia ha inspirado buen número de leyes destinadas a definir un marco justo y armonioso para la vida en sociedad. Pero a menudo esas leyes son ignoradas, transgredidas; la injusticia social, la violencia, la inmoralidad son las características dominantes de la sociedad actual. En ese campo, los países llamados cristianizados dan más bien un triste ejemplo a las otras naciones. Aún más, hoy nuevas leyes autorizan lo que Dios reprueba.


¿Se debe concluir que el cristianismo ha fracasado y que el mal ha triunfado sobre el bien? No, porque no es la enseñanza de Cristo lo que ha fallado, sino los seres humanos sin Cristo. En su conjunto, no han creído, y mucho menos vivido, la enseñanza del Señor. Se puede hablar bien de la moral cristiana, pero no se quiere a Cristo quién es la fuente, el modelo y la fuerza de esta.


Nosotros, que decimos ser cristianos, ¿somos conscientes de que ese nombre nos vincula a Cristo? (Santiago 2:7). Para ser cristiano no basta figurar en el registro de bautismo de una iglesia. Lo que es vital es tener su nombre escrito en el Libro de la vida, para ser admitido en la presencia del Señor (Apocalipsis 21:27). Este contiene el nombre, que nadie puede borrar, de todos los verdaderos cristianos, los que han sido redimidos con la sangre de Cristo.


Si nuestro nombre está escrito allí, somos responsables de vivir como cristianos, es decir, siguiendo el modelo perfecto: Jesucristo. ¿Es así como estamos viviendo, hermanos? Cuando el Señor Jesús dijo: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos», apuntaba a la obediencia a su Palabra, ¿buscamos obedecerle día a día? Recordemos lo dicho por el apóstol Pedro:


Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. (1 Pedro 2:21)


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