• Iris P.

GANANCIA EN EL DOLOR



Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por ella han sido ejercitados. (Hebreos 12.11)

¿Alguna vez se ha quejado con el Señor acerca de cosas que están ocurriendo en su vida? Imaginemos algunos escenarios:


A alguien en su trabajo lo suben de puesto, aunque era justo lo que usted estaba esperando, entonces te quejas. Se tuerce el tobillo, lo que significa que no poder practicar un deporte… Más quejas. Se queja cuando el mecanismo de transmisión de su auto se echa a perder o su aparato tecnológico favorito es robado. La venta de su casa falla. Se termina una relación sentimental, etc. Quizás, se encoge de hombros y dice: "Oh bueno, supongo que es mala suerte" o "supongo que tenía que ser así" ¿Qué se puede decir en estos casos? 


Cuando leemos el salmo 119, podemos ver que el escritor había pasado por un tiempo difícil, había sido afligido y humillado de alguna manera. A través de sus líneas vemos que había sido una etapa difícil de su vida. Pero cuando se encontró a solas con Dios, escribió lo siguiente: 

Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra. Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos. Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste. (Salmos 119.67, 71 y 75)

 

"Antes que todo eso sucediera," dice el Salmista, "yo me estaba alejando del camino". Me pregunto ¿de qué manera se estaba desviando el salmista? ¿Quizás estaría pasando menos tiempo a solas con Dios? ¿Se habría vuelto muy independiente y habría dejado a Dios de lado? ¿Acaso forjaba sus propios planes para el futuro? ¿Se habrá juntado con alguien que lo arruinaba espiritualmente? ¿Leía cosas que contaminaban su mente? ¿Dejaba de progresar en el camino de la obediencia ignorando la palabra del Señor? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que se alejó de Dios y él le hizo volver. 


Pero si nos damos cuenta, el salmista rehusó considerar esa aflicción como mala suerte o mera coincidencia. Es más, parece que hubiera orado así: "Señor, puedo aguantar las lágrimas y a veces me disgusto por estas cosas que ocurren en mi vida. No obstante, tus propósitos son mucho más grandes que los míos; y tu sabiduría es siempre la correcta. Durante este tiempo de prueba quiero ser llevado más cerca de ti. Quiero salir de esto como un mejor cristiano, más obediente y de mayor utilidad para ti. Señor, por favor, no quiero terminar amargado como resultado de todo esto, sino salir pulido por tu mano, pareciéndome un poco más al Señor Jesús.” 


Dios permite que pasen ciertas cosas en nuestra vida por varias razones que Él en su sabiduría conoce y que nosotros no (Hechos 1.7). Algunas veces, ocurren como una disciplina de parte de Dios o es para probar nuestra fe, mientras que en otras ocasiones es para desarrollar nuestra paciencia.


¿Cuál es mi consejo? Que memoricemos el siguiente verso y meditemos siempre en su significado: 

Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por ella han sido ejercitados. (Hebreos 12.11) 

Todos sabemos que el sufrimiento duele y ninguno de nosotros aplaude con gozo cuando nuestro mundo está colapsando alrededor nuestro; sin embargo, ayuda saber que hay un propósito de parte de Dios para todo esto. 

Seremos más como Cristo en nuestro carácter si vamos al Señor para que nos transforme y nos sostenga en la prueba, porque separados de él, nada podemos hacer (Juan 15.5). Porque si tratamos de avanzar por nuestros propios medios durante los tiempos difíciles, lo que va a pasar es que va a aumentar la amargura y no vamos a ser mejores cristianos. Antes bien, lo que debemos hacer es orar de la siguiente manera: "Señor, ayúdame a entender que cuando tú permites el dolor en mi vida es para mí bien y es una ganancia”.


Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. (Proverbios 3.5–6)


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