• Cristian Vidal S.

Estrellas fugaces



Vivimos en tiempos de «estrellas evangélicas» famosas y aclamadas por sus congregaciones o por denominaciones enteras; pero todas ellas pasajeras, fugaces. De lo que hablo es de ministerios personalistas, centrados en el culto a la imagen del «amadísimo líder» o pastor, quien en la mayoría de los casos ejerce su poder –y sucesión ministerial, ya que aparentemente el pastorado se hereda a los hijos y familiares– cual un dictadorcillo bananero de cuarta categoría o al más puro estilo de los regímenes comunistas totalitarios.


La creación y la sociedad gimen por la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:22–23), pero hemos estado tan ocupados edificando monumentos al ego pastoral o denominacional que nos hemos olvidado de lo más importante, nuestra condición humana. Somos seres pasajeros, o mejor dicho estamos de paso en esta vida, pues el inmenso universo de la existencia es una efímera neblina. Lo que significa que todos los fallos pastorales y denominacionales caerán como siempre han caído todas «las torres de Babel» que con tanto esfuerzo hemos luchado por levantar, que claramente hacemos «para la mayor gloria de Dios».


Por esto, es necesario y urgente, que comprendamos que en estos tiempos de cambios abruptos en el mundo en que vivimos, lleno de golpes de estado blancos, banalidad sin fin, maldad desenfrenada e indiferencia hacia Dios, la única salvación para nuestra fe cristiana es Cristo, es imitar al Señor, es obedecer su Palabra cuando nos dice: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:7–8); aprendiendo a «soportarnos los unos a los otros» (Colosenses 3:13) mostrando así el amor encomendado por el Señor, que como dijo, sería el sello de los suyos (Juan 13:35); pero por sobre todas las cosas «perdonándonos los unos a los otros de la manera que Cristo nos perdonó» (Colosenses 3:13), «solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Porque la cooperación desinteresada entre comunidades eclesiales y, sobre todo; la entrega sacrificial de nuestros dones a una causa colectiva, es decir, ganar almas para Cristo, es lo que necesitamos hacer. Es como decía el apóstol Pablo, pelear la buena batalla, la que verdaderamente vale la pena pelear.


Por lo tanto, ¿qué le daremos a las próximas generaciones de cristianos? ¿Más frases para el bronce como: «Chile para Cristo» o «vuélvete a Jesús»? Mientras las familias o «dinastías ministeriales» (muy al estilo de la serie Greenleaf), siguen robando los recursos del pueblo de Dios para gastarlo en sus propios deleites y no en la obra de Dios.


Los invito a reflexionar, hermanos, pues es tiempo de ver más allá del púlpito las bancas de su iglesia local; es tiempo de articularnos en torno a proyectos que nos sobrevivan, esto es, el evangelio de Paz, no una religión costumbres religiosas; y sobre todo, a estar mas unidos que nunca.


Con cariño,

Cristian V.


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