• Alexis Sazo

Episodio #64: Aceptando la voluntad de Dios




Nota: Esta es la transcripción de un episodio del podcast Edificados en Cristo. Para escuchar el episodio del podcast hacer click aquí.


¡Sean todos muy bienvenidos a un nuevo episodio más de su podcast, Edificados en Cristo! Mi nombre es Alexis. Y el día de hoy, les traigo un episodio titulado: Aceptando la voluntad de Dios. Pero antes, demos paso a la intro y los veo enseguida.


En los capítulos cercanos a la parte final del libro de Jeremías (capítulos 42 y 43 para ser mas exactos), se nos relata un evento bastante peculiar, algo que como creyentes también hacemos, ya sea consciente o inconscientemente.


Dice así la Palabra de Dios:


Entonces se acercaron todos los jefes de las tropas, Johanán, hijo de Carea, Jezanías, hijo de Osaías, y todo el pueblo desde el menor hasta el mayor, y dijeron al profeta Jeremías: Llegue ahora ante ti nuestra súplica, y ruega al Señor tu Dios por nosotros, por todo este remanente, porque quedamos pocos de muchos que éramos, como pueden ver tus ojos, para que el Señor tu Dios nos indique el camino por donde debemos ir y lo que debemos hacer. Entonces el profeta Jeremías les dijo: Os he oído. He aquí, voy a orar al Señor vuestro Dios conforme a vuestras palabras, y todas las palabras que el Señor os responda, yo os las declararé. No os ocultaré palabra alguna. Y ellos dijeron a Jeremías: Que el Señor sea un testigo veraz y fiel contra nosotros si no obramos conforme a toda palabra que el Señor tu Dios te mande para nosotros. Sea buena o mala, escucharemos la voz del Señor nuestro Dios a quien te enviamos, para que nos vaya bien cuando escuchemos la voz del Señor nuestro Dios. (Jeremías 42.1–6 LBLA)


Antes de explicar este pasaje, necesitamos el contexto histórico del mismo para así poder entender qué pasaba y porqué le dijeron esas palabras al profeta Jeremías.


Primero, revisemos un poco de historia. Luego de que murió Salomón, su hijo Roboam, comenzó a reinar. El pueblo le hizo una petición al rey y este no quiso oírla, razón por la cual se separó Israel en dos reinos, el reino de Judá y el de Israel. Ambos reinos desobedecieron al Señor y se alejaron de Él. Pero el reino de Israel fue castigado primero por Dios, ya que cayó en manos de los asirios en el año 722 a.C. porque su depravación fue más rápida que la de Judá. Del mismo modo, la maldad del reino de Judá aumentó a tal punto que llegaron a ser incluso peores que las siete naciones que Dios había destruido cientos de años atrás cuando los israelitas entraron en Canaán; esto ocurrió durante el reinado del rey Manasés. Escuche:


Manasés, pues, hizo extraviarse a Judá y a los moradores de Jerusalén, para hacer más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel. (2 Crónicas 33.9 RVR60).


Tanto al reino de Israel como al reino de Judá, Dios envió sus profetas para que se volvieran de sus malos caminos, pero no les hicieron caso y por eso Dios los castigó al deportarlos y sacarlos de la tierra que Él mismo les había dado. Precisamente, fue la maldad del rey Manasés la razón por la cual Dios envió a atacar a Judá. Escuche:


Y el Señor envió contra Joacim bandas de caldeos, bandas de arameos, bandas de moabitas y bandas de amonitas. Y las envió contra Judá para destruirla, conforme a la palabra que el Señor había hablado por medio de sus siervos los profetas. Ciertamente por mandato del Señor sucedió esto contra Judá para quitarlos de su presencia, por los pecados de Manasés, por todo lo que había hecho, y también por la sangre inocente que derramó, pues llenó a Jerusalén de sangre inocente, y el Señor no quiso perdonar. (2 Reyes 24.2–4 LBLA)


Ahora, a diferencia del reino de Israel, el reino de Judá tuvo tres deportaciones.


La primera deportación ocurrió en el 605 a.C. El rey Nabucodonosor atacó Jerusalén y se llevó al rey Joacim, además de los utensilios del templo (2 Crónicas 36.6-7). En esta deportación, además, se llevaron lo mejor del reino, lo cual incluía a aquellos que formaban parte de la realeza; pero esto no se menciona directamente, sino que lo sabemos porque esta era una costumbre en la antigüedad, el llevarse lo mejor de un reino, no solo consistía en los tesoros, sino en las personas más distinguidas de aquel lugar. Y fue durante esta deportación cuando se llevaron a Daniel y sus amigos hacia Babilonia.


La segunda deportación ocurrió en el 597 a.C. Esta fue la primera vez que los babilonios sitiaron a Jerusalén. Esto ocurrió cuando Joaquín era rey de Judá (2 Reyes 24.10-17). En esta deportación se llevaron al rey y su familia directa, además de los restantes utensilios del Templo que había dejado Nabucodonosor; también se llevaron los tesoros de la casa del rey y además se llevaron cautivo a casi todo el pueblo y solo dejaron a los más pobres. Se nos relata que el rey Nabucodonosor puso por rey en Jerusalén a Sedequías (2 Reyes 24.17).


La tercera deportación ocurrió en el 586 a.C. Jerusalén estuvo bajo sitio desde el año 9º del rey Sedequías hasta el 11º (Jeremías 39.1-2). Tras romper el muro de Jerusalén, los caldeos le prendieron fuego al palacio del rey, a las casas y derribaron el muro (Jeremías 39.8). Acá se terminaron de llevar al resto de los habitantes que habían quedado después de la segunda deportación. Y según leemos en Jeremías 39.10 el Nabuzaradán, que era el capitán de la guardia, dejó en Jerusalén a los más pobres, a los que no tenían nada y les dio tierras para cultivar. Estos pobres de Jerusalén que dejó el Nabuzaradán, quedaron a cargo de Gedalías hijo de Ahicam (Jeremías 39.14), quien se encontraba en Mizpa, una ciudad ubicada a un poco más de 14 km al noroeste de Jerusalén.


Sé que este contexto histórico está un poco largo, pero créanme que lo he tratado de resumir lo más que he podido; solo les pido un poco más de paciencia para que así podamos entender bien lo que pasaba en el relato que leí del libro de Jeremías.


Entonces, continuando, en el capítulo 40 del libro de Jeremías leemos lo siguiente:


Y Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas que estaban en el campo vinieron a Gedalías en Mizpa, y le dijeron: ¿Sabes que Baalis, rey de los hijos de Amón, ha enviado a Ismael, hijo de Netanías, para quitarte la vida? Pero Gedalías, hijo de Ahicam, no les creyó. (Jeremías 40.13–14 LBLA)


¿Y qué creen que pasó? Sí era verdad que lo querían matar. Escuche:


Se levantó Ismael, hijo de Netanías, y los diez hombres que estaban con él, e hirieron a espada a Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán, y mataron al que el rey de Babilonia había puesto para gobernar sobre la tierra. (Jeremías 41.2 LBLA)


Este Ismael, no solo mató al gobernador, sino que tomó cautivo al remanente que quedaba, pues se los quería llevar con él al reino de los hijos de Amón (Jeremías 41.10). Esto no ocurrió, porque fueron liberados por Johanán quien junto a sus tropas derrotó a este Ismael; este es el mismo Johanán que le advirtió a Gedalías de la conspiración para matarlo.


Ahora, este remanente no se devolvió a Mizpa, sino que la Palabra de Dios nos dice que se fueron a un lugar llamado Gerut-quimam, que está junto a Belén (Jeremías 41.17); porque la idea que tenían era escapar a Egipto, ya que tenían miedo de Nabucodonosor.


Y ¡por fin llegamos! Bueno, acá es donde ocurre lo de los versículos que leí al principio. Tenemos este puñado de habitantes de Judá que habían escapado a las tres deportaciones, a los dos sitios de Jerusalén, a la escasez de alimentos, así como a la matanza de sus habitantes, a la quema y destrucción de la misma y al secuestro de Ismael. Estos hombres y mujeres estaban profundamente atemorizados; así que, se acercan al profeta Jeremías para oír palabra de Dios. Y acá es adonde quería llegar, porque ellos ya tenían un deseo en el corazón, pues dice su Palabra:


Y fueron y se quedaron en Gerut-quimam, que está junto a Belén, a fin de ir y entrar en Egipto, a causa de los caldeos, porque les temían. (Jeremías 41.17–18 LBLA)


Entonces, después de esta petición, Jeremías ora a Dios, este le responde y le dice que les diga que si se quedan en aquella tierra Él los protegerá; les dice Dios que no teman porque Él está con ellos. Además les advierte que si se van a Egipto para escapar de la espada y del hambre, hasta allá los va a perseguir, de la misma manera que se derramó su ira sobre Jerusalén, se iba a derramar sobre Egipto si es que se iban hacia allá (Jeremías 42.10-18). Y luego de comunicar la respuesta de Dios, el profeta Jeremías agrega:


El Señor ha hablado acerca de ustedes, remanente de Judá. No vayan a Egipto. Queden advertidos de lo que hoy les digo. Ustedes están poniendo en peligro su vida, pues ustedes mismos me enviaron a suplicarle al Señor su Dios, a rogarle que les diera a conocer lo que él quiere que hagan, y se comprometieron a obedecerlo. En este día les he dado a conocer su palabra, y ustedes no han obedecido a la voz del Señor su Dios, ni a nada de lo que él me envió a decirles. Sepan, pues, que allí donde ustedes decidieron emigrar para vivir, allí morirán por la espada, el hambre y la peste. (Jeremías 42.19–22 RVC)


¿Recuerdan cuáles fueron las palabras que estas personas le dijeron a Jeremías en los versos que leí al principio? Ellos dijeron:


Nosotros obedeceremos a la voz del Señor nuestro Dios, a quien te hemos pedido suplicarle. Sea bueno o sea malo, obedeceremos a la voz del Señor nuestro Dios, para que nos vaya bien. (Jeremías 42.6 RVC)


Aquí es donde viene lo interesante y lo que nos conecta con lo que quiero transmitir en este episodio. Escuchen la respuesta de estas personas:


Azarías, hijo de Osaías, y Johanán, hijo de Carea, y todos los hombres arrogantes dijeron a Jeremías: Es mentira lo que dices. El Señor nuestro Dios no te ha enviado a decir: “No debéis entrar en Egipto para residir allí”; sino que Baruc, hijo de Nerías, te incita contra nosotros para entregarnos en mano de los caldeos, a fin de que nos maten o nos deporten a Babilonia. No obedeció, pues, Johanán, hijo de Carea, ni ninguno de los jefes de las tropas, ni nadie del pueblo, la voz del Señor, de quedarse en la tierra de Judá. (Jeremías 43.2–4 LBLA)


Mis hermanos, ¿acaso no actuamos nosotros de manera similar? Es que tantas veces le pedimos al Señor que se haga su voluntad, que no importa lo que nos diga, lo vamos a obedecer, pero cuando Él nos muestra su voluntad, resulta que no es lo que nosotros esperábamos y en vez de decir como dijo Job: ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? (Job 2.10). Y también dijo: Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. (Job 1.21). En vez de hacer esto, hacemos lo mismo que hicieron estos hombres y mujeres. O nos ponemos a llorar y a clamar con angustia preguntando ¿por qué Señor, por qué? O sencillamente nos tapamos los oídos para no escuchar lo que Dios nos dice y hacemos lo que nosotros queríamos hacer en un principio. Es que siendo sinceros, no hay mucha diferencia entre ellos y nosotros.


Bueno, quizás usted esté pensando y diciendo que jamás ha hecho algo así o que jamás lo haría, pero le hago una pregunta ¿desde que usted se convirtió al Señor ha obedecido cada cosa que Dios nos demanda obedecer? Es decir, ¿usted nunca más volvió hacer su propia voluntad por sobre la de Dios? Creo que sabe que la respuesta es no, pues cada uno de nosotros hemos desobedecido a Dios cientos de veces desde que nos convertimos a Él. Nuestra normalidad es imponer nuestra voluntad por sobre la de Él y no a la inversa. Por eso es que Dios nos manda a imitar a nuestro Señor Jesús en su Palabra (Efesios 5.1), porque Él es el ejemplo perfecto, pues Él mismo dijo:


Pues he descendido del cielo para hacer la voluntad de Dios, quien me envió, no para hacer mi propia voluntad. (Juan 6.38 NTV)


Aunque, ojo, nuestro Señor no solo se quedó en Palabras, sino que demostró con hechos que Él jamás hizo su propia voluntad, desde el mismo hecho de haberse humanado, hasta el ir a la cruz, porque esa no era su voluntad, pero no por eso no la hizo. Porque dijo:


Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía. (Lucas 22.42 NTV)


Mis hermanos, hacer la voluntad de Dios, especialmente una que va en contra de todo lo que queremos o podamos desear, no es algo sencillo para la carne, pero espiritualmente hablando es algo hermoso y muy gratificante. Esto que acabo de decir, lo digo por experiencia propia, pues pasé cuatro años haciendo algo que Dios quería que hiciera y que yo en lo personal detestaba.


Pero volviendo al ejemplo perfecto del Señor, podemos ver que para Él no fue nada placentero pasar por la cruz, pues, además, sufrió el desamparo de sus más cercanos, padeció horriblemente de manera física, fue injuriado y se burlaron de Él; y como si eso no fuera poco, tuvo que experimentar la ruptura de la comunión con Dios debido a nuestros pecado que tomó como si fueran suyos; por eso es que hace la pregunta retórica desde la cruz: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Marcos 15.34 RVR60)


Además de todo esto, Él sufrió el castigo que nuestros pecados, siendo Él el único inocente, quien jamás pecó ni se halló alguna mentira en su boca (1 Pedro 2.22). A todo esto, dije que nuestro Señor hizo una pregunta retórica, porque Él entendía la razón de aquel abandono, solo que el dolor de aquella separación fue tal que le llevó a exclamar de aquella manera. Y si nuestro Señor soportó todos esos horrores, no solo fue por amor, sino también por el gozo futuro, pues dice en su Palabra:


Debido al gozo que le esperaba, Jesús soportó la cruz, sin importarle la vergüenza que ésta representaba. (Hebreos 12.2 NTV)


Y también dice en el Antiguo Testamento:


Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho. (Isaías 53.11a RVR60)


Mis hermanos, hacer la voluntad de Dios no siempre es placentero, ni tampoco su voluntad tiene que ver con nuestros propios deseos personales. Además, Él no nos promete una explicación del porqué está haciendo lo que está haciendo, pues bien dice en el Antiguo Testamento:


Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. (Isaías 55.9 RVR60)


Amados, no olvidemos que Él es la fuente de la sabiduría y el conocimiento (Proverbios 2.6) y como bien dice en Isaías 40.28: su entendimiento no hay quien lo alcance. Además, Él es el Dios omnisciente, es decir, lo sabe todo, por lo tanto, sabe lo que es mejor para nosotros. Por eso debemos hacer su voluntad, porque haciéndola no nos equivocaremos. Bien dice en su Palabra:


Pon tu camino en las manos del Señor; confía en él, y él se encargará de todo; hará brillar tu justicia como la luz, y tu derecho como el sol de mediodía. (Salmos 37.5–6 RVC)


Esto es lo hermoso, mis hermanos, es que si nosotros confiamos en Él, le obedecemos y nos sometemos a su voluntad perfecta, sin importar si esta nos gusta o no, nos irá bien, no nos equivocaremos y luego no tendremos que andar lamentándonos de las cosas que hicimos mal. Es que, hermanos, no podemos no hacer su voluntad, porque ni siquiera nuestros propios cuerpos nos pertenecen ya. Escuche:


¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (1 Corintios 6.19 RVR60)


Así que, mis hermanos, no podemos seguir haciendo lo que a nosotros se nos antoja a hacer, debemos hacer lo que Dios quiere que hagamos. Por qué mejor no dejamos de ser iguales a este puñado de israelitas que se empecinaron en hacer lo que se les antojaba, en vez de hacer lo que Dios les mandó a hacer. Mejor, seamos como nuestro Señor Jesús, quien jamás hizo su propia voluntad y que además, es nuestro ejemplo perfecto a imitar. Seamos, mas bien, como el salmista que dijo:


Enséñame, oh Señor, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin. Dame entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón. Hazme andar por la senda de tus mandamientos, porque en ella me deleito. (Salmos 119.33–35 LBLA)


Que el Señor les bendiga.



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Episodio #64 Aceptando la voluntad de Di
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