• Alexis Sazo

Entrega tus cargas



Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (Mateo 11.28 RVR60)


¿Qué hacemos cuando nos sentimos abrumados por algo que nos está pasando? Hago esta pregunta como creyente y la dirijo a creyentes, ¿qué hace usted cuando el plan que tenía no se pudo llevar a cabo? ¿Cuando sucede algo inesperado, que no puede controlar y que es como una pesada carga? Lo cierto es que nos olvidamos de llevar las cargas a quien las quiere llevar por nosotros. Un creyente en una situación difícil escribió:


Mientras esperaba en la estación de trenes, para ir a trabajar, pensamientos negativos empezaron a inundar mi mente: estrés por las deudas, comentarios desagradables que me habían hecho, impotencia frente a una injusticia que un miembro de mi familia había sufrido recientemente. Cuando llegó el tren, ya estaba de muy mal humor.


Mientras viajaba, me vino a la mente otro pensamiento: escribirle una nota a Dios, contándole mi tristeza. Poco después, luego de volcar mis quejas en mi diario, saqué mi teléfono y escuché canciones de alabanza que tenía grabadas. Antes de que me diera cuenta, mi humor había cambiado por completo.


No tenía idea de que estaba siguiendo un patrón establecido por el escritor del Salmo 94. Primero, el salmista expresó sus quejas: «Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los soberbios»; y «¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Quién estará por mí contra los que hacen iniquidad?» (VV. 2, 16). No se guardó nada mientras hablaba con Dios sobre las injusticias. Y luego, pasó a la alabanza: «Mas el Señor me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza» (v. 22).


Dios nos invita a entregarle nuestros lamentos, pues nos dice:


Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará. (Salmos 55.22 RVR60)


Así que, hermanos, no retengamos aquello que pesa en nuestros corazones, llevémoslo delante de la presencia de nuestro amante Dios, quien espera con sus brazos abiertos aquella carga. Porque lo cierto es que solo Él puede convertir nuestros miedos, tristezas e impotencias en alabanza, tal como leemos en el libro de Salmos:


Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre. (Salmos 30.11–12 RVR60)


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