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  • Foto del escritorAlexis Sazo

El secreto del contentamiento



No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. (Filipenses 4:11–12)


Las chaquetas eran tortuosas para Anna Chertokova. Odiaba tener las manos cubiertas y atadas a su cuerpo. Para los asistentes, ella no era más que un animal, no digno de consideración. Anna pasó diez años en un manicomio en Rusia. Ni siquiera estaba ligeramente loca. Un juez la había enviado allí porque era cristiana. Su negativa a negar a Cristo era, para el juez, una locura.


Rodeada de enfermos mentales, Anna a veces cuestionaba su propia cordura. En las largas noches ella clamaba a Dios en su mente, incluso cuando los que la rodeaban gritaban en su ira o terror. Sin embargo, ella nunca se enojaba. Aquella fe que rehusó negar en el tribunal, tampoco la negó en el asilo. Para aquellos que eran capaces de entender, Ana incluso trató de ser un testigo y un ejemplo del amor de Cristo.


Muchas veces, cuando nos encontramos en situaciones difíciles, nuestra primera tendencia como cristianos es a la queja o al desánimo. Sin embargo, son aquellas situaciones difíciles las que ponen a prueba nuestra paciencia y carácter. Un pastor de apellido Sze, dijo: «Antes de ser encarcelado habíamos escuchado de Dios, pero en la cárcel experimentamos a Dios». Estando en prisión, este hermano, sufrió hambruna, enfermedades y una explosión en una mina de carbón donde lo pusieron en trabajos forzados. 


El apóstol Pablo padeció bastante (2 Corintios 11:23–29), no obstante, aprendió el secreto de la satisfacción. La Biblia nos enseña que aquel se halla en Cristo, y no en las circunstancias que estamos experimentando. Por tanto, mis hermanos, en lugar de enojarnos, o sentirnos resentidos o tristes, pidámosle a Dios que nos enseñe el secreto de estar contentos, a pesar de las circunstancias en las que nos vemos envueltos. Para que podamos decir como el salmista:


Allí iré al altar de Dios, a Dios mismo, la fuente de toda mi alegría. Te alabaré con mi arpa, ¡oh Dios, mi Dios! ¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios! (Salmos 43:4–5 NTV)

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