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  • Foto del escritorAlexis Sazo

El sacrificio que Dios desea



¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios. (Miqueas 6:6-8)


La RAE define sacrificio como: «Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor». El sacrificio es algo que a todos nos cuesta; ya sea hacer un sacrificio de tiempo, dinero, etc. Un sacrificio tangible es, por ejemplo, el de negarse a uno mismo en pos de la familia. Pero ¿qué sacrificamos para Dios? ¿Hacemos sacrificios diarios a Dios? ¿Hacemos siquiera algún sacrificio para Dios en nuestras vidas? Su palabra nos dice:


Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. (Romanos 12:1)


Su Palabra nos deja muy en claro que nuestras vidas en Cristo deben ser de sacrificio continuo para Dios, tal como vivió el Señor. Porque recordemos que el Señor nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23). Esto nos los dice, porque la vida que tenemos en Él ya no nos pertenece, ni siquiera nuestros cuerpos ya son nuestros (1 Corintios 6:19), sino que todo cuanto somos y tenemos le pertenece únicamente al Señor, pues Él nos compró con un alto precio (1 Corintios 6:20) y, por tanto, debemos sacrificarnos en su nombre.


Amados hermanos, no le neguemos a nuestro Todopoderoso Dios lo que le pertenece. Hagamos sacrificios de obediencia dedicando nuestras vidas a Él cada día, «llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo» (2 Corintios 10:5). Dejemos ya los rudimentos de la carne y del mundo (Colosenses 2:20) y vivamos para Cristo, no para nosotros mismos, sino que obedezcamos así su palabra santa, negándonos diariamente, tal como dice su Palabra:


Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios. (Hebreos 13:15–16)

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