• Alexis Sazo

El perfecto ejemplo del Señor



 

Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. (Salmos 91:14)

 

El magnífico salmo 91 describe –siglos antes de la venida del Señor Jesús a este mundo– la perfecta y dependiente humanidad de Cristo. Cada paso que el Señor dio estando aquí en la tierra, cada uno de sus hechos, cada una de sus palabras manifiestan con toda claridad su amor, obediencia y sumisión hacia Dios su Padre. Nada pudo apartarle de esa maravillosa consagración de fe que brilla en contraste con cualquier vida humana. Por eso es que pudo decir: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese» (Juan 17:4).


Tal temor por su Dios y Padre no se manifestó solo en circunstancias fáciles o agradables, sino también en las más difíciles, en un mundo opuesto a Dios y que rechazaba su gracia. Frente a las persecuciones, lleno de amor por aquel que le había enviado y a quien venía a revelar, hizo brillar la gracia y la verdad. Le vemos diciendo en el huerto de Getsemaní: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).


Más aún, cuando los hombres prendieron al Santo Hijo de Dios para crucificarle, se manifestó la perfección del amor y de la consagración del varón de dolores, quien sin murmurar soportó los golpes del odio, tal como se había profetizado de Él 700 años antes, diciendo:


Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. (Isaías 53:5)


Luego, en medio de las más profundas tinieblas, en una suprema sumisión a la voluntad de Dios, el Cordero de Dios se ofreció en sacrificio y cargó con el juicio que merecíamos.


La respuesta de Dios le fue asegurada: «yo también lo libraré» (Salmos 91:14). ¡Por esta razón resucitó para triunfar sobre la muerte, el pecado y Satanás! ¡Preciosa y justa recompensa a su amor por Dios, al sentarse en el lugar más alto con un nombre que es sobre todo nombre! (Filipenses 2:9). Nuestro ejemplo es el perfectamente obediente Cordero de Dios, poniendo su vida en medio de una profunda humillación; en donde además glorificó plenamente el nombre de su Dios y Padre. Por eso ¡nuestro Señor es digno por siempre de nuestra adoración!

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