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  • Foto del escritorAlexis Sazo

El pecado interrumpe la comunión con Dios



No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal. (Proverbios 3:7)


Luis, hijo mayor de una familia cristiana, en el último curso de bachillerato prestó oído a vendedores de drogas, no solo las consumió, sino que también las vendía. Sus padres se dieron cuenta de ello, pero todos sus esfuerzos por detenerlo fueron en vano. Finalmente, Luis terminó en la cárcel. Este muchacho rebelde, ¿acaso dejó de ser el hijo de sus padres a causa de sus faltas y su rebelión? No, al contrario, sus padres lo siguieron amando y esperaban con paciencia —tanto como fuese necesario— poder volver a tener contacto con él.


Este hecho nos recuerda que, si bien, nuestros pecados nos separan de Dios (Isaías 59:2) y nuestra comunión se ve interrumpida si obramos en contra de su voluntad. Sin embargo, no existe nada que pueda separarnos de su amor: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39).


Si pecamos contra Él, en su fidelidad y amor intervendrá a través de su gracia divina con el fin de tocar nuestros corazones y despertar nuestras conciencias para que reconozcamos nuestro extravío. Y una vez que hayamos pedido perdón en el nombre del Señor, volveremos a hallar el gozo de la comunión. Esto lo vemos en el ejemplo de la negación de Pedro. Aunque estaba muy apegado a su Señor, de todas formas lo negó tres veces. Si bien se alejó de su Maestro, no obstante, este no le abandonó. Leemos en Juan, que luego de resucitado, el Señor Jesús se acercó varias veces a él. No solo lo perdonó, sino que además le confirmó que seguía siendo uno de sus apóstoles, encomendándole apacentar a la grey (Juan 21:16–17).


Mis hermanos, ¿hay algún pecado que esté interrumpiendo nuestra comunión con Dios? Si es así, no tardemos en acudir a los pies de nuestro amante Salvador en busca de perdón. Pero nunca olvidemos que, a pesar de nuestra infidelidad, Dios permanece fiel (2 Timoteo 2:13) y nos ama con amor eterno (Jeremías 31:3).


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