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  • Foto del escritorAlexis Sazo

El gobierno de Dios en nuestras vidas




Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. (1 Samuel 8:7)


El pueblo de Israel le pidió al profeta Samuel que les diera un rey que los gobernase. Le dijeron: «He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones» (1 Samuel 8:5). A Samuel, esto no le pareció bien, pero Dios le respondió lo que dice el versículo del encabezado.


Dios les dejó tener un rey, pero ¿cuáles fueron las consecuencias? Que estos reyes los condujeron lejos de Dios, fomentando la desobediencia, a través de la idolatría; tanto así que hasta incluso sacrificaban a sus propios hijos a los dioses paganos; lo cual produjo la ira de Dios, que se manifestó en la muerte de muchos y la deportación a Babilonia durante 70 años.


Esta actitud no es nueva, el mundo ha persistido en esta rebeldía contra Dios desde la caída de Adán y Eva, y como consecuencia ¿quién gobierna el sistema mundano? Satanás. En un similar, la humanidad desechó el gobierno de Dios, ¿y cómo está el mundo? Lleno de violencia, maldad, mentira, odio, venganza, homicidios, etc. La humanidad es cruel y sin afecto natural, especialmente en estos días (2 Timoteo 3:1–2) como resultado de haber abandonado la soberanía de Dios.


Como cristianos tenemos un Rey y Señor, sin embargo, muchas veces queremos hacer lo que hizo Israel o lo que sigue haciendo el mundo. Vivimos como si quisiéramos que Dios no gobierne sobre nuestras vidas y buscamos hacer nuestra propia voluntad. No podemos vivir de esta forma, porque eso era en otro tiempo, cuando estábamos en el mundo, así le dice Pablo a los efesios:


Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. (Efesios 2:1–2)


No cometamos el mismo error que Israel y el mundo, sino que vivamos nuestras vidas teniéndolo como rey, es decir, que Él gobierne sobre nosotros. 


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