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El amor que cubre faltas



Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. (1 Pedro 4:8)


«Usted es la mujer más antipática que he visto» fue el último de los insultos que un fanático vecino dirigió a una anciana recién convertida. —Este es precisamente el motivo de mi gloria y gratitud al Señor, que a pesar de ser mala y antipática, Él me amó —respondió alegremente la anciana creyente.


Qué hermoso es pensar que el amor de nuestro Dios cubrió todas nuestras faltas, y que a pesar de cómo somos, nos amó, nos ama y nos amará por toda la eternidad. Por eso el apóstol Juan dijo en su primera carta: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1). Esta es una realidad que debe asombrarnos, llenarnos de gozo, pero al mismo tiempo de humildad, conduciéndonos a adorarle, pues su amor, su perdón, su gracia y misericordia son completa y absolutamente inmerecidas.


Pero es este mismo amor que cubrió nuestras faltas que debe primar en nuestras vidas para con nuestros hermanos, ya que el Señor, dijo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:34). Ese es el estándar de amor que debemos mostrar a nuestros hermanos: Un amor dispuesto a entregarse por completo.


El amor no es un sentimiento, sino que es un verbo, tanto en el griego como en el español. El amor que Dios demanda de nosotros nos debe mover a la acción. De ahí que diga en 1 Juan 3:18, «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad».


¿Cómo expresamos este amor de forma práctica? Tomándonos el tiempo para conocer a nuestros hermanos, orando por ellos diariamente, llamándoles, visitándoles, interesándonos por sus vidas, ayudándoles a llevar sus cargas (Gálatas 6:2), prestándoles ayuda económica, etc. Pero por sobre todas las cosas, no apuntándoles con el dedo si están mal o han pecado, sino mostrándole amor y perdón; tampoco despreciándoles, ni siendo indiferentes con ellos por cómo son, sino soportándolos (Colosenses 3:13) en amor; ni mucho menos haciendo acepción de personas, lo cual es pecado (Santiago 2:9), sino amándoles como Cristo nos amó.


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