• Alexis Sazo

El amor de los primeros cristianos



El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. (1 Juan 4.8 RVR60)


La marca distintiva de un cristiano es su confianza en el amor de Cristo, y que derrama todo su afecto a su Señor. Primero, la fe pone su sello sobre el hombre al facultar al alma a decir junto con el apóstol, y respecto a Cristo: «quien me amó y dio su vida por mí» (Gálatas 2.20). Luego, el amor da la aprobación e imprime a cambio sobre el corazón, gratitud y amor a Jesús. Tal como nos dice el apóstol Juan en su primera carta: «Nosotros lo amamos porque Él nos amó primero» (1 Juan 4.19).


Al principio de la iglesia, en el tiempo de los apóstoles, es decir, tras el día de Pentecostés, esta señal doble (el amor) debía verse claramente en todos los creyentes en Jesús. Nuestros hermanos eran hombres y mujeres que conocían el amor de Cristo, pues dependían de Él como un hombre se apoya sobre una vara, cuya fidelidad ha comprobado previamente, para ayudarse a caminar. El amor que ellos sentían hacia el Señor no era una emoción tranquila que escondían dentro de sí mismos en la cámara secreta de sus almas, de la cual solo hablaban en asambleas cuando se reunían el primer día de la semana y cantaban himnos en honor a Jesucristo, el crucificado; sino una pasión con tal intensidad que consumía tanta energía de sus seres; pasión que era visible en todas sus acciones, pues esta (la pasión) hablaba en sus conversaciones cotidianas y que se traslucía en sus miradas, aún en las más comunes. Todo lo que hacían era por y para Cristo. Parecía ser que las lenguas de fuego todavía quemaba en sus corazones.


El amor a Jesús era una llama que se alimentaba del meollo y el corazón de sus seres y, por lo tanto, de su propia fuerza ardía hacia el hombre exterior y brillaba allí. El celo por la gloria del Rey Jesús era el sello y señal de todos los auténticos cristianos. Debido a su dependencia en el amor de Cristo, se atrevieron a mucho, y a causa de su amor a Él hicieron mucho, y es lo mismo ahora. Los hijos de Dios están gobernados en su fuerza interior por el amor. Porque tal como le dijo Pablo a los Corintios: «El amor de Cristo nos constriñe» (2 Corintios 5.14). Se regocijan de que el amor divino está sobre ellos, lo sienten derramarse en sus corazones por el Espíritu Santo que les ha sido dado, y mediante la fuerza de la gratitud aman al Salvador con un corazón puro, fervientemente.


Lector, ¿lo amas? ¡Da una respuesta honesta a esta importante pregunta!


—Charles H. Spurgeon

En paz me acostaré (modificado)



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