• Alexis Sazo

El amor de Jesús por la humanidad



Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. (Marcos 1:40–41)


De todas las enfermedades, la lepra es la única con una preponderancia en la ley de Moisés y vinculada con el pecado. Esto no significa que tener lepra fuera algo pecaminoso, ni tampoco era resultado del pecado. Más bien la enfermedad era vista como un símbolo gráfico del pecado. Aunque si pudiéramos ver el pecado, probablemente se parecería a la lepra.


En Marcos capítulo 1 leemos acerca de un lepreoso que cayó de rodillas delante de Jesús y le hizo la siguiente petición: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Es la primera vez en los evangelios que se hace una petición llana de sanidad, conmovedora y profunda en su sencillez.


El Señor Jesús tuvo misericordia de él (v. 41). Y a pesar de que la gente, por lo general, sentía solidaridad hacia los enfermos y perturbados, no lo hacia con los leprosos, puesto que en aquellos días estas personas eran consideradas «inmundas» tanto ceremonial como físicamente (Levítico 13:45; 22:4); eran totalmente repulsivos para la mayoría de la gente, quienes permanecían lo más alejados de que fuera posible de ellos. No obstante, Jesús «quiso» acercarse a este hombre desesperado y enfermo, y al tocarlo de manera real y efectiva demostró no ser como el resto de los hombres. En ese mismo momento el poder de Dios obró sobre aquel enfermo que la lepra lo dejó de inmediato y quedó limpio.


Pero ¿por qué Jesús tocó a este hombre? Pudo haberlo sanado con solo decir: «Sé limpio». Lo cierto es que su toque ilustró su gran compasión por la humanidad. Además, esto era parte de lo que se había profetizado acerca de Él:


El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. (Lucas 4:18–19)


Una cosa es certísima: El Señor Jesús ama a los pecadores, pero la pregunta es: ¿Los amamos nosotros como los amó Él?


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