• Iris P.

EL ÚNICO DIOS




Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. (Hechos 17.16; 22–23)

Los griegos de aquella época, eran en extremo idólatras, pues no solo reverenciaban un sin fin de ídolos, sino que hasta habían hecho un altar para el “dios no conocido”, como una especie de seguro por si les faltaba alguno a quien adorar. Pero, ¿es diferente en estos días? La verdad es que no hay diferencia. Cuando una persona no quiere conocer (y reconocer) al único y verdadero Dios, se crea varios dioses a su manera.

Al considerar la vida de cada persona, constatamos la existencia de una multitud de dioses avasalladores. Un dios es cualquier persona o cosa en la que pongamos nuestra confianza para el futuro y que veneramos, ya sea consciente o inconscientemente. Este ídolo ocupa nuestros pensamientos, dirige nuestros proyectos y es el objeto de nuestros actos. Rápidamente orienta nuestras decisiones y somete nuestra voluntad de modo que, aun inconscientemente, nos volvemos sus esclavos. Esclavitud que solo puede acabarse en Jesús:

Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. (Juan 8.36 RVR60)

Pero, ¿cuáles son nuestros dioses? Quizás las grandes figuras del deporte, la música; quizás su dios sea la política; tal vez es el dinero, la televisión, el Internet, su familia, su trabajo, el miedo al futuro; o quizás su dios sea usted mismo y su autosatisfacción.

Nosotros no podemos vivir como lo hacían los atenienses, pues el único Dios verdadero es a quien debemos adorar y el único que debe ocupar nuestras mentes y corazones, no un sin fin de ídolos que desvíen nuestras mentes y corazones de Él.

El Señor nos dijo que si no estamos dispuestos a darle el lugar que le corresponde, entonces no somos dignos de él:

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. (Mateo 10.37–38 RVR60)

El Señor nos llama a dejar todo los ídolos, sin importar qué tan cercanos sean, pues nosotros mismos nos debemos negar para poder seguirle. Hermanos, que el Señor no sea aquel dios desconocido, sino que sea el centro de nuestras vidas.


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