• Alexis Sazo

Dios nunca nos abandona



¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. (Isaías 49:15)

Cada año en Francia, se registran cientos de nacimientos con la inscripción «X». Se trata de un procedimiento legal mediante el cual una mujer puede abandonar a su recién nacido sin revelar su identidad. Alguien puede pensar que es mejor el aborto, pero no es cierto, aunque ¡qué angustia debe sentir una mujer para hacer algo así!

Y para el niño que acaba de nacer, ¡qué triste manera de venir a la vida! El Señor Jesús lo sabe, pues el vivió en carne propia el abandono en la cruz del Calvario, es por esto no lo deja indiferente. Quiere que todos sepan que Él nunca abandona a sus criaturas, bien dice el versículo del encabezado: «Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti». Un niño en estas circunstancias puede sentirse no deseado, que a nadie le importa, pero Dios nos dice: «Antes que te formase en el vientre te conocí» (Jeremías 1:5). Con este pasaje muestra claramente que ningún ser humano nace por azar.

Ciertamente, esto es un hermoso consuelo, pensar que el Dios creador de todo el universo deseó mi nacimiento, que Él es el primer responsable de mi venida al mundo, que me creó porque me amaba. Y este amor no varía, no es como el de un padre o una madre que pueden llegar a abandonar o incluso a olvidar a su hijo. Lo hermoso es que podemos decir como David:

Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá. (Salmos 27:10)

Sí, esto es una realidad, porque Él dice: «Yo nunca me olvidaré de ti». Dios no se compromete a la ligera, pues la Biblia nos dice que Él no miente (Tito 1:2). Por lo tanto, si nos sentimos solos en el mundo, incluso si nuestra identidad es incierta y esto nos obsesiona, aun así, podemos contar con Él. Dios nos ama, nos dio el derecho a ser sus hijos, porque creímos en Jesucristo su Hijo, quien murió por nosotros (Juan 1:12), y esta filiación durará eternamente.

Así que, confiemos en sus palabras cuando nos dice: «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú» (Isaías 43:1).


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