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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Despreciar a otros




He aquí, Dios es poderoso, pero no desprecia a nadie, es poderoso en la fuerza del entendimiento. (Job 36:5)


Cuán hermoso es que, sin importar cuán humilde pueda ser nuestra condición, cuán poco conocimiento podamos tener, o si vivimos en la pobreza más abyecta, o si somos la persona más perversa y cargada de males de este mundo, aun así, Dios no nos mira en menos, ni nos desprecia por nuestras inmundicias.


¿Podemos decir que nosotros actuamos similar a cómo Dios lo hace? Pregunto: ¿Estamos despreciando a alguien? ¿Consideramos inferior a alguna persona? Creo que si somos completamente honestos, podemos decir que todos nosotros estamos muy lejos de la perfección de Dios, porque siempre hay a alguien a quien consideramos inferior, que no sabe hacer las cosas como nosotros o hay muchos cristianos que desprecian, por ejemplo, a los adictos en situación de calle, porque andan sucios y malolientes. Sin embargo, Dios nos mandó a otra cosa:


Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22:37–39)


Algo que muchas veces hacemos, es cuando alguna persona se nos acerca en la calle o llega hasta nuestra casa para pedirnos, ya sea dinero o algún tipo de ayuda, tendemos a mirar con recelo a esa persona, o peor aún, si es un alcohólico o drogadicto, seguramente nos negaremos a ayudarle, porque pensamos dentro nuestro: «seguro lo usará para drogarse o comprar más alcohol», pero ¿qué dicen las Escrituras?


Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. (Mateo 5:39–42)


El Señor nos dejó el ejemplo, pues jamás se alejó de los leprosos, nunca despreció a las prostitutas que quisieron tocarle, no alejó a los enfermos que lo querían tocar; se juntaba con lo despreciado de la sociedad y hacía el bien hasta el agotamiento máximo de su cuerpo. Seamos sus imitadores, mis hermanos; pidamos a Dios que cambie nuestros corazones para poder ser como Él.

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