• Alexis Sazo

¿De quién es la culpa?



Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo. (Romanos 5:10)

Acababa de producirse la peor catástrofe de la humanidad. Adán y Eva habían escuchado las mentiras de Satanás y desobedecieron a Dios al comer del fruto del árbol prohibido. Entonces tuvieron miedo y se escondieron de Él. Pero Dios los buscó e hizo preguntas a Adán sobre lo que había sucedido, y cuando le pidió cuentas de lo que hizo, este respondió: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Génesis 3:12). En otras palabras, Adán echó la culpa primero a Dios y luego a su mujer; básicamente el hombre culpó a otros de su pecado. Aunque Eva no lo hizo muy diferente, porque cuando Dios le preguntó qué hizo, ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí» (Génesis 3:13).

Hoy el hombre tiene la misma actitud frente a Dios, ya que «nunca somos culpables», siempre es culpa de alguien mas. Por ejemplo, el sufrimiento es la consecuencia directa del pecado del hombre. Sin embargo, nuestro primer reflejo es acusar a Dios por las cosas que los seres humanos les hacemos a otros. Pero ¿debemos echarle la culpa si poblaciones enteras se destruyen, o si los niños sufren? No, porque Dios no realiza esas cosas. Muchas personas mueren de hambre mientras otras despilfarran, pero eso no es culpa de Dios. Sino que todos esos males son la consecuencia de la rebelión contra Dios. ¿Haremos responsable a Dios por nuestra mala administración de los recursos naturales? Obviamente no podemos.

Ahora, diferente es cuando Dios habla a la humanidad mediante catástrofes naturales, ya que lo que busca es llamar nuestra atención. No obstante, más que nunca, el hombre pone a su Creador en el banquillo de los acusados, en vez de reflexionar y darnos cuenta de que Dios nos está hablando.

Pero a pesar de todo, Dios ama a su criatura que se rebeló contra Él. Y para liberarla de las consecuencias del pecado, sacrificó a su propio Hijo. Lo castigó en la cruz en nuestro lugar, para poder perdonarnos. Así que, en vez de acusar a Dios, confesémosle nuestro pecado, nuestro alejamiento, nuestra desobediencia, y aceptemos su gracia.


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