• Alexis Sazo

De cierto, de cierto



De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. (Juan 3:11 RVR60)


Cuando alguien va a dar un testimonio en un tribunal se le dice a uno, ya sea prometer o jurar, decir toda la verdad. La frase más conocida es la que vemos en las películas y series de Estados Unidos: «¿Jura decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad?». Antiguamente las palabras: «que Dios me castigue» (si no se decía la verdad), formaban parte de ese juramento como una apelación a una autoridad mayor a la humana.


De más está mencionar que decir la verdad en un tribunal es absolutamente esencial, porque puede determinar el curso de un juicio y el veredicto final del mismo. Eso desde un punto de vista humano, porque recordemos lo que nos manda Dios en su Palabra: «No admitirás falso rumor. No te concertarás con el impío para ser testigo falso» (Éxodo 23:1 RVR60).


Cuando el Señor Jesús habló en aquella noche con Nicodemo sobre el nuevo nacimiento y la vida eterna, lo hizo «bajo juramento». Las palabras del verso del encabezado: «De cierto, de cierto te digo», en el original griego en que se escribió el Nuevo Testamento, eran: amén, amén; lo cual se puede traducir como: «verdaderamente, verdaderamente», «de verdad, de verdad» o «te digo la verdad». En el evangelio de Juan, el Señor Jesús utilizó esta expresión veinticinco veces.


Daniel Fuller en su libro La unidad de la Biblia (The Unity of The Bible), escribe: «Jesús […] no habló en representación de Dios, sino que Él era Dios mismo. De todos los portavoces bíblicos, solo Jesús agregó la palabra amén a sus propias afirmaciones, declarando así que Él mismo, como Dios, tenía la autoridad de ratificar que su enseñanza era confiable y verdadera». Porque recordemos lo que Él mismo dijo en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida».

Entonces, las palabras de nuestro Señor son la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por lo tanto, nosotros sus hijos siempre debemos creerlas, y especialmente, obedecerlas. Y para las personas inconversas, conocer la verdad de Dios es una cuestión de vida o muerte; bien dijo el Señor Jesús:


Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen. (Juan 6:63–64)


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