• Alexis Sazo

¿Dónde le pusisteis?



Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras. (1 Tesalonicenses 4:16–18)

En el evangelio de Juan, en el capítulo 11, encontramos la historia de la resurrección de Lázaro, el cual era amigo de Jesús y estaba enfermo. Sus hermanas hicieron llegar ese mensaje a Jesús, pero Lázaro murió antes de que el Señor llegase.

Cuando Jesús llegó, hacía cuatro días que Lázaro yacía muerto en la tumba, y el proceso de descomposición ya había empezado. Su Palabra nos dice que al ver el dolor de los familiares y amigos preguntó: «¿Dónde le pusisteis?». La respuesta fue breve y dolorosa: «Señor, ven y ve» (Juan 11:34). Y luego se nos dice que cuando llegó al lugar de la tumba el Señor Jesús lloró. Oró a su Padre y ordenó quitar la piedra, y con voz potente llamó, diciendo: «¡Lázaro, ven fuera!» (Juan 11:43); entonces Lázaro resucitó y salió de la tumba.

Hermanos amados que están pasando por un duelo, el Señor Jesús también nos dirige esta pregunta llena de ternura e interés: «¿Dónde le pusisteis?». Él no nos reprocha por nuestra tristeza ni nuestras lágrimas, todo lo contrario, las comprende, se conmueve con ellas y se une a nuestra tristeza. Él no es indiferente a nuestro dolor, sino que nos ofrece de su consuelo íntimo y perfecto (2 Corintios 1:3–5).

Nuestro Señor es un tierno amigo que nos acompaña y ayuda en nuestro dolor, pero también es «la resurrección y la vida» (Juan 11:25), y todo aquel ser querido nuestro que haya partido en Cristo, fuera de estar gozando en la presencia de su Señor, un día se levantará de los muertos y nosotros, ya sea que estemos vivos o que hayamos partido, también lo haremos. En aquel día, nunca más tendremos que dejar partir a otro ser amado.

Y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. (Apocalipsis 21:3–4)


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