• Alexis Sazo

Día de la dependencia



Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. (Romanos 9.16 RVR60)


En Estados Unidos, el cuatro de julio es un feriado nacional en el cual se encienden las barbacoas en los patios; las playas se llenan de gente; y las ciudades y pueblos realizan sus desfiles, los cuales terminan con fuegos artificiales; además se realizan reuniones al aire libre y celebraciones patrióticas. Todo esto se hace para recordar la fecha en que las colonias del país (inglesas en este tiempo), declararon su independencia de la corona británica.


La independencia apela a todas las edades. Significa «ser libre del control, la influencia, el respaldo y la ayuda de los demás». Por eso, no sorprende que los adolescentes hablen de lograr su independencia. Muchos adultos tienen la meta de ser «independientemente ricos». Y los ancianos desean mantener su independencia. Que una persona sea alguna vez realmente independiente es tema de debate para otro momento y lugar, pero suena bien.


Procurar la independencia política o personal es una cosa, pero atreverse a perseguir la independencia espiritual genera problemas. Lo que realmente necesitamos es reconocer y aceptar nuestra profunda dependencia espiritual. El Señor Jesús dijo:


Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. (Juan 15.5 RVR60)


Lejos de ser autosuficientes, somos total y eternamente dependientes de aquel que murió para darnos la libertad del pecado (Juan 8.34, 36). Cada jornada es «nuestro día de la dependencia».


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