• Iris P.

CUANDO NOS CREEMOS ALGO




Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo. (Isaías 40.6–7 RVR60)


¿Nos damos cuenta lo que nos dice Dios? Que todo ser humano es como la hierba. Entonces, ¿de qué nos ufanamos creyendo ser alguien siendo que Dios nos dice que somos hierba ante su majestad y gloria? ¿El Señor se agradará de nosotros cuando nos sentimos más que otros, porque, por ejemplo, tenemos algún título profesional o mejor trabajo que mi hermano, mejor situación económica, etc.? Amados hermanos, no podemos mirar en menos a nadie, porque es un pecado:


Peca el que menosprecia a su prójimo. (Proverbios 14.21a)


No podemos ni debemos ufanarnos, pues no somos más que «hierba que se seca y se marchita». La manera correcta que debemos mirar a nuestros hermanos es de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo, pues bien dice su Palabra:


No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes. (Filipenses 2.3 NTV)


Y en cuanto a los inconversos, tampoco podemos creernos superiores o mejores que ellos debido a que ya somos salvos, porque esa actitud era la que tenían los religiosos de la época del Señor, que despreciaban a los que no eran como ellos. Por ejemplo, el Señor dijo lo siguiente:


A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:9–14 RVR60)


Conozco un caso de alguien cercano que es creyente y un día fue invitado a reunirse con unos familiares, pero ante tal invitación dijo: —yo no me junto con pecadores. ¡No, hermanos! No podemos ser iguales a los fariseos, porque el mandato de Dios es otro:


Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22.36–39 RVR60)


Tenemos el ejemplo del Señor, que se reunía con pecadores y comía con ellos (Lucas 15.2). Nosotros no somos mejores que ellos, y es más, cada persona inconversa es tan invaluable, pues sus almas costaron la vida del Autor de la vida, es decir, el Señor Jesús.


Así que, hermanos, dejemos de lado el pensar que somos más o mejores por los estudios o las posesiones materiales que tengamos, pues como dijo Dios, no somos más que hierba, no somos más que polvo.


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