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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Cuando hacemos nuestra propia voluntad



Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. (Juan 15:7)


Cuando no esperamos ni los tiempos, ni la voluntad de Dios, sino que  tomamos nuestras propias decisiones y hacemos lo que a nosotros nos parece bien, siempre cometeremos errores. Veamos un ejemplo de esto: Dios le prometió a Abraham que le daría un hijo de Sara, pero no le dijo cuando. No obstante, Sara, al ver que Dios «tardaba» en cumplir su promesa, tomó las riendas de la situación, haciendo que Abram engendrara un hijo de su sierva egipcia, Agar (Génesis 16:1–2).


¿Por qué Sarai hace esta petición tan «extraña» a Abram? En la pagana Ur de los caldeos —desde donde Dios llamó a Abram y su familia— se regían por las leyes de Nuzi y el código de Hammurabi, las que decían que si la esposa no podía concebir, el hijo de una criada podía ser reconocido como el legítimo heredero. Y si leemos el relato completo, podremos ver cómo este hijo, no prometido por Dios, les causó problemas, no solo a Sara, sino al pueblo de Israel hasta el día de hoy, ya que los descendientes de Ismael son enemigos de Israel.


Mis hermanos, nosotros, no podemos apurar los tiempos de Dios, sin importar cuánto lo intentemos, Él nunca someterá su voluntad a la nuestra. Esto nos los deja claro su palabra: «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:9).

 

En el versículo del encabezado, vemos dos condiciones que nos pone el Señor para pedir y recibir:  (1) Permanecer en Cristo. (2) Sus palabras permanezcan en nosotros. Para ambos casos la palabra usada en el original griego es ménō (μένω); que en este caso particular del versículo significa estar y permanecer unidos con Él, siendo uno con Él en corazón, mente y voluntad. Por eso en Santiago encontramos el siguiente versículo: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Santiago 4:3)


Entonces, para conocer la voluntad de Dios debemos escudriñar las Escrituras, obedecerlas, para ser imitadores del Señor Jesús y esperar pacientemente en los términos de Dios; además de orar de forma correcta, no pidiendo lo que nosotros queremos o para nuestros propios deleites, sino lo que Dios quiere de nosotros, diciendo como el Señor: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). 

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