• Alexis Sazo

Criar hijos



La Buena Semilla (modificado)


Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió. (Marcos 9:36–37)


Charles Péguy escribía ya en 1910: «Los padres de familia son grandes aventureros de los tiempos modernos». Un siglo más tarde esta calificación —que por supuesto también se aplica a las madres— sin duda nunca ha estado tan justificada. El contexto moral del mundo de hoy es inquietante. Sus maneras de pensar se infiltraron en el seno de nuestras familias y en nuestros corazones, especialmente en el de los niños. Por ello la educación de una familia podría parecer, pra un creyente, algo muy difícil e incluso imposible.


Sin embargo, si el Señor nos confía hijos, también nos encarga la misión de criarlos para Él, y los recursos para llevar a cabo esta tarea son la Palabra de Dios y la oración. Aunque también tenemos el ejemplo de la manera en cómo Dios, nuestro Padre, se ocupa de nosotros, es decir, sus hijos:


¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11:11–13)

Conforme a las Escrituras, amar a un hijo no consiste solamente en decirle palabras tiernas, también implica prestarle atención cada vez que lo necesita; sin que olvidar que no se debe satisfacer cada capricho del niño. Eso sin mencionar la disciplina, la cual es una muestra de amor: «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige» (Proverbios 13:24). Ejemplo que nos da Dios mismo: «Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?» (Hebreos 12:7).


Por otro lado, enseñar a un niño a obedecer no significa gritarle todo el tiempo. Como creyente debemos manifestar dignidad y firmeza, no prometer si no puedo cumplir (Eclesiastés 5:5). Y por último, los padres deben predicar con el ejemplo, especialmente en lo que a obediencia a Dios y a su Palabra se refieren.


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