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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Corazones dispuestos



La palabra de Cristo, more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. (Colosenses 3:16)


Cierta vez, el príncipe heredero de la corona de Inglaterra se rebeló contra su maestra. Enfadada ella, le exigió un poco más de respeto. Entonces, el muchacho, levantando el pie, rompió uno de los hermosos cristales de la habitación de un fuerte puntapié. La señora salió del cuarto de estudio y fue a presentar el caso al padre del príncipe, quien vino al momento y ordenó al joven pidiese perdón a su maestra. El príncipe puesto en pie exclamó:

—¿Olvidáis, señor, que yo he de ser un día el Rey de Inglaterra?

—No lo olvido… Por esto te mando por segunda vez que pidas perdón a la señora. El que debe mandar mañana, debe aprender a obedecer hoy.


Claramente, este joven príncipe estaba lleno de orgullo, tanto que no se dejaba enseñar por su maestra. Muchas veces nosotros somos como este príncipe, mantenemos un espíritu de orgullo que nos impide recibir cualquier tipo de enseñanza o exhortación por parte de nuestros hermanos, puesto que nos consideramos como un rey que no necesita del consejo o la exhortación de nadie.


Cuando miramos el versículo del encabezado, vemos que el apóstol Pablo les mandaba a los hermanos de Colosas que debían enseñarse y exhortarse mutuamente con sabiduría. Este mandamiento también es para nosotros. Sin embargo, para hacer esto, primero debemos haber aprendido humildad en «la escuela de Cristo», ya que Él dijo: «[…] aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón […]» (Mateo 11:29). La pregunta es: ¿estamos asistiendo a diario a la escuela de Cristo?


Porque, ¿cuál es nuestra actitud frente a la enseñanza y exhortación que recibimos de nuestros hermanos? ¿La desestimamos como aquel príncipe? Mis amados, esta es una hermosa lección es para todos los que somos creyentes en Cristo, es decir, los que enfrentados al mundo nos llamamos hijos de Dios. Es que, si somos orgullosos, ¿cómo podemos hablar del Cristo manso y humilde de corazón?


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