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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Contentos con lo suficiente



Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. (1 Timoteo 6:8)


Un buque puede ser cargado de oro hasta que se hunda y, sin embargo, haber dejado espacio para poner diez tantos de la carga. Así es el hombre avaro, aunque tenga lo suficiente para hundirse, no tiene nunca lo suficiente para estar satisfecho


La Palabra de Dios, en repetidas ocasiones, nos invita a no desear las riquezas pasajeras de este mundo. Por ejemplo, en Proverbios 23:4–5, «no te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo». Es que, a veces, se nos olvida que las riquezas de este mundo son pasajeras. Pero más triste aún es que muchas veces ponemos todo nuestro esfuerzo en adquirir riquezas materiales, en vez de trabajar por las que no perecen. Es lo que nos dijo el Señor:


No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. (Mateo 6:19–20)


Si lo meditamos por un momento, dedicarnos a hacer tesoros que no son seguros y que, más encima, no nos llevaremos a los cielos, es bastante ilógico y poco práctico, porque estaremos gastando nuestro tiempo y esfuerzo, los cuales no se recuperan jamás, por cosas pasajeras y vanas. De ahí lo que dice el versículo del Señor. 


Ahora, ¿qué hacer si nuestro corazón engaños más que todas las cosas y perverso (Jeremías 17:9) anhela riquezas terrenales? La respuesta es, orar. Pedirle a Dios que Él sea el objeto de nuestro deseo, que sea Él quien nos sacie, y que nos dé la sabiduría necesaria para esforzarnos por los tesoros eternos y no por los perecederos. 


Sigamos, más bien, lo que Pablo le decía a Timoteo acerca de los ricos: «Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna» (1 Timoteo 6:18–19).

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