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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Conflictos perpetuos



Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. (Tito 3:3)


Desde que somos niños nos peleamos por objetos irrisorios, y de solo pensarlo nos causa gracia que pudimos hacer algo así. Luego, cuando estamos en el colegio, en la medida que vamos avanzando en edad, los conflictos se tornan cada vez más serios, y las peleas a veces terminan en dramas irreparables. Por último, cuando alcanzamos la edad adulta, luchamos por un lugar en la sociedad, en el mundo laboral, en la escena política, etc.

Podrías afirmar que el hombre es un ser que gusta del conflicto. Siempre deseamos tener más que el otro; queremos que nos escuchen y respeten; queremos imponer nuestras verdades (o lo que creemos que es la verdad). De allí vienen los conflictos, las amenazas, los odios y antipatías de toda clase, los cuales desde Caín se multiplican. La Palabra de Dios dice: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis» (Santiago 4:1–2). Nuestro problema radica en las pasiones, la ambición, el orgullo, el egoísmo, los cuales incitan a los individuos unos contra los otros.


Algunos afirman que la solución está en la educación, mientras que otros dicen que en mejorar la sociedad en su conjunto, otros plantean que disminuyendo la brecha salarial y la desigualdad se acabarán estos conflictos. Pero lo cierto es que nada de eso evitará que existan los conflictos entre las personas, porque el problema no es externo, sino interno, del corazón.


A pesar de los numerosos esfuerzos por incentivar la paz y el respeto a los demás, si el corazón no cambia, el mundo seguirá siendo un lugar de conflictos. Sin embargo, Dios, quien es amor (1 Juan 4:8), desea transformar el corazón de cada hombre dándole una nueva vida, la de Jesucristo. Solo a través de la nueva vida en Cristo es que somos capaces de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Únicamente en el Señor Jesús hay verdadera paz, una paz «que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7). Vuélvase a Cristo, solo Él puede cambiar su corazón.


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