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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Con quién nos asociamos



El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado. (Proverbios 13:20)


Una vez una araña hizo una hermosa telaraña en una casa vieja. La mantenía limpia y brillante para que las moscas la frecuentaran. Tan pronto como llegaba un «cliente», limpiaba para que las otras moscas no tuvieran sospechas. Un día una mosca bastante inteligente llegó volando alrededor de la muy limpia telaraña. La vieja araña gritó: —Entra y toma asiento. Pero la inteligente mosca dijo: 

—No, señora. No veo ninguna otra mosca en su casa. ¡No voy a entrar solo! 

Pero al mismo tiempo vio en el piso bajo un grupo grande de moscas bailando sobre un papel marrón. ¡Quedó encantada! No tuvo miedo si otras moscas lo estaban haciendo, así que se dispuso a posarse. 


Poco antes de que se posara pasó por su lado una abeja, diciendo: —¡No te poses allí, estúpida! ¡Eso es papel matamoscas! Pero la mosca inteligente le gritó: —No seas ridícula. Esas moscas están bailando. Hay un buen grupo ahí. Todo el mundo lo está haciendo. ¡Tantas moscas no pueden estar equivocadas!— Pues bien, la mosca murió al instante.


La Palabra de Dios nos advierte que de cuidar con quienes nos juntamos, por ejemplo, dice: «No te hagas amigo de la gente irritable, 

ni te juntes con los que pierden los estribos con facilidad, porque aprenderás a ser como ellos y pondrás en peligro tu alma» (Proverbios 22:24–25 NTV). Si son advertencias hechas por Dios, sería bueno que pusiéramos atención en ello, porque ya sea que lo queramos o no, cuando nos asociamos con otras personas, a la larga, tomamos ciertas cosas de ellos. 


Por eso Pablo les decía a los romanos: «Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes» (Romanos 12:16). Así que, hermanos, tomemos conciencia con quiénes nos estamos asociando, haciendo caso de lo que nos dice la Palabra de Dios.


Qué alegría para los que no siguen el consejo de malos, ni andan con pecadores, ni se juntan con burlones; sino que se deleitan en la ley del Señor meditando en ella día y noche. (Salmos 1:1–2)

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